Edición Impresa: 04/15/2009

La Pascua es el epicentro del Año Litúrgico

La Pascua es el epicentro de nuestro Año Litúrgico. Empieza con la caída del sol en la noche del Sábado Santo durante el servicio de la Vigilia Pascual y comenzamos nuestra oración pascual al encender el fuego que rompe la oscuridad de la noche.
La oscuridad tiene su significado, sobre todo al comienzo de nuestro servicio de la Vigilia Pascual porque representa la oscuridad en nuestro mundo y en nuestros corazones. El Cirio Pascual brillando en nuestros santuarios durante los 50 días de la Pascua es un símbolo de la luz de Cristo que ha traído vida nueva, además de la esperanza y la alegría a los corazones de todos los que reconocen a Jesús como su Señor y Salvador.
Empezamos la celebración Pascual bautizando a nuestros elegidos y dándoles la bienvenida junto con los candidatos para la conversión continua en nuestra comunidad católica. Estas buenas personas se han reunido con nosotros porque han visto la luz del Cristo Resucitado en algunos de nosotros.
La Pasión y Muerte de Jesús
Cuando la Cuaresma terminó, la noche del Jueves Santo, empezamos la celebración de los tres días más sagrados en el calendario litúrgico de nuestra iglesia.
Desde la celebración de la Eucaristía de la Cena del Señor la noche del Jueves Santo hasta la víspera del Domingo de Pascua, nosotros como cristianos nos alegramos en la bendición del misterio pascual, la pasión, muerte y resurrección de Jesús. El carácter sagrado de estos días ha sido un tanto mitigado por nuestra vida diaria que es tan ocupada.
En todo el mundo cristiano el Viernes Santo es el día en que todos hacemos oración y penitencia.
Meditar sobre la Pasión de Jesús ha sido una parte integral de la oración cristiana desde el principio de esta tradición cristiana. De hecho, nos dicen que todos los evangelios tienen sus orígenes en la historia de la pasión y la muerte de Jesús.
Si vemos, cómo ha sido percibida esta realidad en el mundo, vemos que Cristo crucificado parecía insensato y débil. Sin embargo, fue exactamente su debilidad en aquella cruz la que ha inspirado a la gente de todas las edades a seguir su camino y aceptar su amor y perdón. En el mundo cristiano, no hay otra señal más expresiva del gran amor de nuestro Dios por nosotros. Es una señal que ha conmovido a muchos para tomar su cruz y seguir a Cristo de cerca.
Al compartir los sacramentos pascuales del Bautismo, Confirmación y Eucaristía, nos hicimos hijos de la luz. Nos hemos hecho testigos más efectivos ante el mundo que desesperadamente necesita recordar de nuevo que “¡Él está vivo!”
Al celebrar esta gran fiesta pascual hasta el Domingo de Pentecostés, damos gracias a Dios por el regalo de la iglesia, por esta comunidad de creyentes que somos. Sin la iglesia, la Pascua está reducida sólo a los conejitos, chocolates y flores, que son cosas lindas, pero ciertamente no son suficientes.
Jesucristo ha sido resucitado de entre los muertos y nosotros también, gracias al Bautismo. Por eso celebramos esta Pascua. Como iglesia, a pesar de todos nuestros defectos, es nuestra misión proclamar esta buena nueva además de seguir la misión de evangelización por medio del Evangelio.
Volver a mis raíces
La Catedral Santa María muestra una colección de santos americanos en los hermosos vitrales instalados durante el período de renovación en 1996-‘97. De éstos mi favorito es San Juan Neumann, nacido en Bohemia, la patria de mi familia. Fue el primer obispo americano, de hecho, el primer varón norteamericano que fue canonizado como Santo.
Neumann se hizo miembro de los Redentoristas y eventualmente llegó a ser ciudadano estadounidense en 1848.
El patrocinador de Neumann fue otro cura del mismo origen nacido en Bohemia, es decir San Juan Nepomuceno. A causa de no revelar al rey lo que su esposa había confesado en el sacramento de la Penitencia, San Juan Nepomuceno fue torturado y ahogado. Es conocido como el “moderador del confesionario” y es un patrón de Bohemia, actualmente la República Checa.
Cuando estudiaba la historia de nuestra gente de Bohemia en mi pueblo natal de Chicago, aprendí que las diferencias religiosas o filosóficas nos dividieron. Mucha de nuestra gente llegó a estar asociada con los libre-pensadores que menospreciaron la religión.
Acabo de regresar de una visita a la República Checa y Viena, a mis raíces, agradecido por mi patrimonio y mi fe católica. Durante la época del Comunismo la República Checa tenía uno de los regímenes comunistas más rígidos. La iglesia estuvo en la clandestinidad y todavía vive su lucha para encontrar su lugar en la era post-comunista.
¿Qué pasó con las obligaciones?
En viejos tiempos, la obligación cuaresmal de ayunar y abstenerse junto con la lucha anual para cumplir con nuestros propósitos cuaresmales, fue desafiante.
Hoy en día nuestras obligaciones son mínimas y nuestros propósitos son pocos. Los católicos observaban abstinencia de carne cada viernes del año. Ahora está requerido solamente los viernes de Cuaresma y Viernes Santo.
El ayunar obligatorio está requerido solamente el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. Todavía estamos esperando asistir a la Misa los Domingos y solemnidades pero todo el mundo reconoce que la gente ha dejado a un lado este aspecto.
Aun estábamos supuestamente a dar apoyo a la iglesia, un precepto que aprendimos además de los Diez Mandamientos. ¿Qué pasó con todas esas obligaciones del pasado? ¿Estamos mejor sin ellas?
Al comienzo de la Cuaresma siempre recordamos las disciplinas tradicionales que deben marcar nuestra observancia de esta temporada sagrada, a saber, la oración, el ayuno, y la limosna o las obras de caridad.
La mayoría de las veces estos son consejos, no son vistos como obligaciones. Noto que la mayoría de nosotros ignora los consejos y desdeña cualquier conversación sobre las obligaciones.
Pero yo sugiero que este compromiso sea obligatorio para nosotros si somos serios dentro de nuestra vida cristiana. En el pasado hablábamos de tales obligaciones como obligatorias bajo “el dolor del pecado”. Yo digo que ahora son obligatorias al riesgo de “la pérdida de fe”.
En mi papel como pastor de esta Arquidiócesis, a veces me veo como director de un equipo amable que no está de buena forma espiritualmente. Para vivir en forma saludable nuestra vida espiritual, necesitamos buenas costumbres y vivir en forma virtuosa.
Tales hábitos son facilitados por las penitencias tradicionales sugeridas cada Cuaresma, a saber, la oración, el ayuno, la limosna y las obras de caridad. Sin ellos nuestra vida de fe se hace demasiado casual e inevitablemente perdemos cuando luchamos con la tentación y el pecado.

AddThis Social Bookmark Button