El caso de este inmigrante, católico, puede ser el suyo.
María Osterroth
El caso de Armando Cisneros es común entre los inmigrantes sin un estatus legal.
Foto de El Centinela por Gerry Lewin.
SALEM-Esa fría mañana de invierno, Armando Cisneros se dirigía con sus compañeros a trabajar en el bosque, pero nunca imaginó que su jornada terminaría en una aún más fría celda del centro de detención de Tacoma.
Su fe en Dios y la formación cívica que recibió en su parroquia, le dieron la fuerza y las herramientas para defenderse y salir luego de dos semanas de encierro para reencontrarse con su esposa y sus dos pequeños hijos. “Fue como haber estado con cientos de almas en el purgatorio”, recuerda Armando, quien admite que su única falta fue cruzar hace 13 años la frontera de México con Estados Unidos en busca de un trabajo que le permitiera salir adelante.
Ahora Armando no puede trabajar, y tiene una gran deuda con el abogado que lo defendió. Vive y alimenta a sus familia “de milagro”, pero se dedica a compartir su experiencia y a enseñar sus derechos a otros trabajadores que como él no cuentan con visa de trabajo, pero que contribuyen a la generación de riqueza para este país.
Desde que fue detenido por los agentes de inmigración, Armando y sus compañeros recibieron todo tipo de amenazas y torturas psicológicas para que firmaran su deportación voluntaria, sin embargo, una de las enseñanzas que recibió en una parroquia de Los Ángeles le alertaron de que no firmara ningún documento oficial bajo presión. “Gracias a esa información pude salir, y ahora comparto esta experiencia con otros inmigrantes”, dice en entrevista con El Centinela.
Armando recuerda que esta pesadilla empezó el pasado 25 de febrero cuando él trabajaba limpiando las líneas de electricidad en las montañas entre Washington y Canadá. “Dos hombres vestidos de civiles que sujetaban a un perro, se acercaron a saludarnos y nos preguntaron si teníamos permiso para trabajar. Claro que sí, les respondimos”.
Los agentes fingían que pertenecían a la agencia forestal y que su misión era proteger el bosque de robos de madera, pues los robos anuales de madera ascendían a 60 millones de dólares, argumentaron.Pero cuando los agentes les preguntaron el nombre de la empresa que los contrató, Armando y el resto de sus compañeros respondieron que no podían darlo pues tiempo atrás la empresa fue víctima de un robo.
Tal respuesta causó el disgusto de los agentes quienes de inmediato les exigieron que se formaran y entregaran sus identificaciones. Tomaron nota de sus datos personales, y los dejaron seguir sus labores, sin embargo a la mañana siguiente un par de patrullas que los vigilaban y seguían los interceptaron cuando se dirigían al bosque a continuar con su trabajo.
Cuando los agentes de migración los detuvieron, los interrogaron y les dijeron que si cooperaban los dejarían ir. Armando Cisneros se rehusó a hablar y a firmar, pues temía que todo lo que dijera fuera a ser usado en su contra, lo cual desató la furia de los agentes, quienes finalmente lo llevaron a un centro de detención amarrado en cadenas de la cintura y los pies.
“Me obligaron a firmar una deportación voluntaria. Me fueron quitando prendas de ropa para ver si me encontraban algo. Me pusieron en una celda aparte, pues dijeron que yo no quería cooperar. Vino otro agente y me presionó para que firmara una vez más pero no lo hice. Entonces me obligaron a que pusiera mi huella digital, pero yo no estaba seguro de hacerlo. Uno de los agentes me obligó y vinieron otros agentes que venían decididos a obligarme a hacerlo por la fuerza”, comentó. El viacrucis de Armando apenas comenzaba.
Finalmente fue trasladado al Centro de detención de Tacoma en donde pasó los peores quince días de su vida. “Cuando estuve ahí me dí cuenta de lo mal que tratan a la gente. Ví a hombres desesperados, llorando. La comida que nos daban era rancia”. Algunos de los detenidos llevaban más de siete meses esperando su audiencia con el juez. El abogado que ayudó a la liberación de Armando consiguió que su fianza fuera de $2.500 dólares, que comparada contra los 8, 15 y hasta 30 mil dólares que tenían que pagar sus compañeros de celda, eran bastante asequibles, reconoció Armando Cisneros.
Una de las razones que permitieron que Armando quien es nativo de Zacatecas, pudiera salir y no fuera deportado a México es que el no firmó ningún documento. Además, ha vivido en Estados Unidos por poco más de 13 años, su padre es ciudadano estadounidense, su madre es residente legal y sus dos hijos nacieron en Estados Unidos.
Además de donar su tiempo para compartir sus conocimientos de derecho, Armando continúa con su labor de evangelización dentro de la comunidad hispana.
“Yo trabajo en la evangelización. He servido a esta comunidad desde que tuve un encuentro con Cristo dentro de la iglesia católica dentro del ministerio El Salvador a cargo de Noé Diaz”. Armando manifiesta su agradecimiento a todos los sacerdotes y miembros de la iglesia católica como el padre Balbuena, Juan Rivas entre otros muchos que han contribuido a su formación espiritual, gracias a la cual, además de librar uno de los momentos más difíciles de su vida, le permite ayudar a otros. Este hombre de fe es una víctima y quiere compartir su testimonio para que otros inmigrantes en su situación sepan que sin firmar pueden evitar la deportación. Su experiencia ha sido muy dolorosa.