
El día de su grado de secundaria, Laura en compañía de sus amigas.
Foto Archivo Familiar.
Para Olga y Juan Antonio Castañeda, Estados Unidos es un país de oportunidades en donde “todo se puede lograr si uno se lo propone y trabaja arduo”. Uno de sus sueños se verá cristalizado en unos cuantos días cuando su hija se convierta en estudiante universitaria, y logre así lo que ellos no pudieron: tener acceso a la educación profesional.
Inmigrantes de Zacatecas, México, Olga y Juan Antonio no pudieron concluir sus estudios de educación básica, pues tenían que trabajar para ayudar a sus numerosas familias. Cuando llegaron a este país, en busca de un trabajo mejor remunerado, sus hijos “tuvieron que usar ropa de segunda (usada) y no tuvieron una cuna para dormir”, es por ello que ahora los impulsan y apoyan para que vayan a la universidad y tengan una vida que a ellos no les tocó vivir, comenta Olga en entrevista con El Centinela.
Laura, de 18 años, quien será la primera mujer de la familia Castañeda en pisar un aula universitaria, dice estar muy emocionada pero nerviosa al mismo tiempo, pues no quiere fallarles a sus padres en este gran proyecto, ya que ellos la han apoyado mucho.
Su meta es convertirse en arquitecta y construir casas, edificios y porque no, hasta diseñar puentes. El camino no ha sido del todo fácil para ella y su familia. Aunque ya fue aceptada a la Universidad de Oregon (University of Oregon) en Eugene, aún no cuenta con todo los recursos para cubrir los más de 30 mil dólares anuales en colegiatura y los 8 mil dólares de vivienda al año. Ya consiguió dos becas que cubrirán poco más de una cuarta parte de los gastos, por lo que Laura continúa en búsqueda de más recursos. Mientras tanto trabaja jornadas de 12 horas al día en una empacadora de alimentos, la misma en la que trabajó su madre hace 10 años. Ahorra el salario mínimo de US$8.70 dólares por hora, que gana para que le sirva para los gastos de inscripción de la universidad.
“Yo no quiero hacer este tipo de trabajo el resto de mi vida. Cuando me despedí de mis compañeros de trabajo me dijeron que me apoyan, pues dicen que afortunadamente yo estoy de paso en la planta, y no dependo de ese empleo para vivir a diferencia de ellos que lo seguirán haciendo pese a que no les gusta”, dijo Laura a El Centinela.
Pese a que el dinero sigue siendo un factor de preocupación para la familia, Juan Antonio y su esposa Olga le han pedido a su hija que no se quede estancada, que no se detenga y que le ‘eche ganas’ para alcanzar sus anhelos, así es que consiga o no más becas que absorban los gastos de la universidad, Laura seguirá adelante con sus planes de convertirse en arquitecta. Las otras opciones serán solicitar préstamos y buscar otro trabajo mientras estudia.
Juan Antonio, su padre, dice que le otorguen o no la beca, el está dispuesto a apoyarla. De hecho, ya le compró su computadora y contribuirá con sus gastos mensuales de manutención. Su trabajo en la industria de la construcción es muy inestable, pero aún así confía en que le brindará apoyo a su hija de quien dice sentirse muy orgulloso. “Yo me hubiera conformado con ir a la secundaria, pero no pude ir. Mi sueño se hará realidad a través de mi hija y la mayor recompensa será verla graduada”, dice.
Y aunque está contento por este gran paso que dará su hija, Juan Antonio reconoce estar nervioso también, ya que su hija tendrá que abandonar su hogar en Medford para ir a vivir a Eugene y estar cerca del campus universitario.
“Es diferente que en nuestra cultura latina que los hijos se despeguen de la familia desde muy jóvenes para ir a otra ciudad a estudiar, pues ella va a estar sola, comenta el padre de Laura.
Recuerdos de familia
Olga recuerda que tenía 8 hermanos y al ser ella de las mayores tenía que contribuir en los quehaceres domésticos por lo cual no pudo continuar estudiando y sólo terminó la escuela primaria.
En la familia de su esposo Juan Antonio había 15 hermanos, y él al ser también de los mayores le tocó trabajar para contribuir con los ingresos familiares.
Y aunque Laura nació en Estados Unidos en una familia de sólo dos hijos, sus primeros años no fueron sencillos, recuerda su madre. “No durmieron en cuna y vestían ropa usada, es por ello que a mí me gustaría que mis nietos no se enfrentaran a lo que se enfrentaron mis hijos de pequeños. Yo les digo a los dos que tienen que luchar”.
Juan Antonio tenía 24 años cuando se decidió a cruzar la frontera en busca de un trabajo para mantener a su primer hijo Juan Antonio, que ahora tiene 20 años.
Poco a poco, el resto de los hermanos siguieron sus pasos pues se dieron cuenta de que en Oregón y California había más oportunidades. Su primer empleo fue en el campo, pero poco a poco se dio cuenta de que podía realizar otra actividad y consiguió un empleo en la construcción, que aunque tampoco es fácil, le ha permitido sacar a su familia adelante.
Esta familia, inicia una nueva etapa este otoño. Su hija al entrar a la universidad en Eugene abrirá una puerta que cambia su historia para el futuro de la nueva generación, esa experiencia que sus padres no vivieron.