Edición Impresa: 03/18/2010

Los jóvenes no van a Misa

Algunos padres hoy en día se preocupan porque sus hijos adultos ya no van a la iglesia.
Hace unos años invité a algunas personas a enviar algunas intenciones para la plegaria universal y recordarlas en la misa durante el mes de noviembre. Pensaba que todos iban a hablar de los parientes que habían fallecido el año anterior, pero la intención más recomendada que encontré fue la de los hijos adultos que ya no asistían a la misa. Obviamente, para muchas personas esto es un tema que causa mucha pena hoy.
Acabo de hablar con dos católicos en la Arquidiócesis, que me dijeron que este asunto era una verdadera preocupación en sus propias vidas.
Uno de ellos me contó que sólo uno de sus nueve hijos es activo en la Iglesia Católica. El otro padre no podía entender por qué sus dos hijos ya no ven la importancia de la Eucaristía. ¿Cómo hemos llegado a tal situación? ¿Qué ha cambiado? ¿Qué debe hacer la iglesia?
La última pregunta es la que me tiene más perplejo. ¿Qué hago yo como Arzobispo? A veces cuando las personas me dicen algo así, parece que quieren que la iglesia cambie para hacerse más “atractiva” para los jóvenes.
¿Debemos abandonar los sacramentos y convertir nuestras iglesias en pistas de patinaje o gimnasios? ¿Debemos suavizar las enseñanzas difíciles del Evangelio y decir que Dios está contento cuando “hacemos lo que queremos”? Yo pienso que no.
Algunas personas piensan que quizás los jóvenes regresarían a la iglesia si hubiese mejor música, mejor predicación y mejor servicio.
Pero si este es el caso, se equivocarían en la razón de regresar. Tenemos que ser fieles a este asunto, aun cuando no vemos el éxito de nuestros esfuerzos. Aunque muchos de nosotros no somos fieles. Dios siempre es fiel.
Hoy, se ha hecho mucho más común que la gente joven no participe en la Eucaristía. En cambio, me encanta ver cómo los jóvenes haciendo lo que no es común, continúan alimentándose de la Palabra de Dios y los sacramentos.

Año Sacerdotal
Durante el Año Sacerdotal he tomado la oportunidad de escribir sobre varios sacerdotes, que se destacan por sus vidas y ministerios.
Con el tiempo, todos los buenos discípulos de Jesús se dan cuenta de que si son más egoístas, menos se consideran amigos de Jesucristo.
Cada Cuaresma estamos llamados a seguir las disciplinas cuaresmales de orar, ayunar y hacer obras buenas.
Muchos católicos son generosos, pero el ejemplo de sacerdotes como san Damián de Veuster nos anima a escuchar las palabras de nuestro Santo Padre, que nos invitan a extendernos más allá de nuestros “terrenos conocidos” de nuestra práctica de generosidad.
Claro que nos podemos poner algunos límites con respecto a nuestro tiempo, tesoro y talentos, pero el tiempo de la Cuaresma nos pide examinar estos límites otra vez para ver si es posible extenderlos un poquito. Quizás podemos extenderlos hasta que no estén cómodos, o aun hasta que nos causen dolor.
Típicamente los sacerdotes que le sirven a ustedes en el este de Oregón sólo salen en primera plana o generan cartas al obispo cuando han hecho algo malo y no por su servicio fiel. Ante los ojos del mundo puede ser que los sacerdotes parecen “personas pequeñas”, pero cada vez que viene el contacto con uno de nosotros, se ponen grandes ante los ojos de Dios.
Como Damián era un leproso entre leprosos, nosotros los sacerdotes somos pecadores entre pecadores. Por favor, recen por nosotros durante esta Cuaresma para que a pesar de nosotros mismos, siempre queramos estar allí para los demás, no solamente para nosotros mismos. Recen también porque siempre tengamos confianza en la misericordia del Dios bondadoso.

Ayunar y dar al pobre
Jesús nos anima a todos nosotros a ayunar, orar y dar a los pobres —las disciplinas tradicionales de la Cuaresma— no para que nos vea el mundo como buenas personas, sino que estas disciplinas nos ayudan a “morir al pecado” y crecer en nuestra relación con Dios y los demás durante nuestro viaje de fe.
Hoy en día la oración y la caridad en el nombre de los necesitados son prácticas que la mayoría de los católicos todavía hacen. Pero seamos honestos, a menos que no estemos en régimen, muchos de nosotros pensamos que ayunar está pasado de moda. Hace cincuenta años todos los católicos y muchos otros cristianos estaban acostumbrados a ayunar. Ahora es el tiempo de abrazar esta costumbre nuevamente.
Todo el mundo sabe que hay que establecer buenos hábitos de dieta y ejercicio para estar en forma. Pues, para estar en forma espiritualmente necesitamos desarrollar algunos hábitos de virtud positivos y consistentes. Así son las disciplinas cuaresmales, especialmente el ayuno, lo cual nos recuerda que si vamos a entrar en el cielo, tenemos que negar algunos de nuestros fuertes deseos y llevar nuestras cruces como Jesús llevó la suya.
Llamar la oración una “disciplina” quizás no es exactamente apropiado. Sin embargo, como todas las actividades humanas, si vamos a dedicarnos a las que son verdaderamente buenas para nosotros, necesitamos tener algunos hábitos que aumentan nuestra participación en estas actividades. Hábitos de oración son importantes para todos los cristianos, pero especialmente para los que toman en serio sus vidascomo discípulos en Cristo.
Cuando oramos no estamos pidiendo que Dios cambie; estamos pidiendo que Él nos cambie a nosotros. No hacemos la actividad principal cuando oramos. Lo que hace Dios es mucho más importante que lo que nosotros hacemos. Por eso no necesitamos preocuparnos tanto con lo que decimos. Más vale asegurar que nuestra mente y corazón estén abiertos a lo que Dios nos quiere decir a nosotros.
Al final, la oración verdadera resultará en un cambio. Nos cambiamos y maduramos cuando empezamos a orar más frecuentemente. Si nos nos entregamos al Señor, no seremos las mismas personas.
Hace mucho tiempo Jesús enseñó a sus discípulos cómo orar, y el “Padre Nuestro” se convirtió en nuestra oración para la familia. Si tomamos en serio todo lo que decimos, nunca seremos tan santurrones o egoístas. También, seremos más honestos sobre nuestras debilidades humanas. Después de todo, ¿cómo podemos pedir que Dios nos perdone “como también nosotros perdonamos” si nosotros mismos somos implacables?
La clave para la santidad verdadera es vivir en la presencia de Dios. Además, escuchar la voz del Señor durante la oración supera hablar con Dios. Debemos escuchar al Espíritu Santo desde el fondo de nuestros corazones. Es importante depender del Espíritu Santo, pero nuestra dependencia es inútil si no escuchamos.
La iglesia no quiere que estemos decepcionados. Nosotros también podemos ceder a la presencia del mal. Pero la oración, el ayuno y los actos de caridad, junto con la gracia sacramental de la Eucaristía, nos fortalecen y nos ayudan a permanecer fieles a nuestras responsabilidades como discípulos del Señor y hermanas y hermanos en la familia católica.

*Traducción de Katy Haerling.

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