
Queridos Lectores:
Cuando se dio a conocer la noticia del terremoto, seguido del fatal maremoto en Asia, tan sólo unas horas después de celebrar Navidad, quizás por el ambiente de fiesta de la época, la noticia no tuvo la dimensión que realmente ha cobrado día a día, desde que sucedió la tragedia.
El número de muertos que inició en cientos, ha aumentado notablemente hasta llegar a más de 150 mil víctimas, dándonos una idea de la fatalidad con la que llegó el Tsunami arrasando todo a su paso.
Hoy, cuando se cumplirá casi un mes de la tragedia, miles de personas aún se encuentran desaparecidas. Miles han sido enterradas en fosas comúnes y lo más triste, cientos de familias se han quedado sin sus hijos, esposas, padres o familiares. Muchos niños deambulan aún en las zonas rurales costeras esperando la ayuda de los organismos internacionales, mientras que los niños que se encuentran en los improvisados campamentos de socorro, no saben qué va a ser de su futuro.
Pero uno de los aspectos más tristes de esta tragedia, es saber que aprovechando la situación, los traficantes de menores sobre todo en países como Tailandia, ya han secuestrado y vendido muchos de los niños que quedaron huérfanos por la tragedia. Uno de los datos de Unicef permitió alertar a las autoridades y organismos de socorro, con el fin de prevenir el tráfico de menores, pues se supo que en Aceh, una de las zonas más afectadas cerca de 35 mil niños quedaron sin sus padres, siendo vulnerables a esta situación.
La magnitud de la tragedia, quizás para quienes estamos en esta parte del mundo, no ha sido tan real, a pesar del completo cubrimiento noticioso de los canales internacionales. Las cifras hasta el cierre de esta edición, registraban 152.397 muertos y los países más afectados Indonesia con 105.522 y Sri Lanka con 30.882 muertos, más 4 mil desaparecidos.
Si miramos el mapa de la zona afectada por la terrible tragedia, los países donde se cuentan innumerables víctimas son los siguientes: Indonesia, Sri Lanka, India, Tailandia, Somalia, Miamar, Maldivas, Malasia, Tanzania, Bangladesh y Kenia. Esta zona, fue completamente devastada por el maremoto.
Hoy, cuando los organismos de socorro ya se han apoderado de la zona, para brindar ayuda inmediata a las víctimas son muchas las historias que se dan a conocer, de familiares que se reúnen de nuevo. De quienes alcanzaron a salvarse y otras que muestran la esperanza, como la niña pequeña, que quedó huérfana, pero en Año Nuevo, mientras jugaba en el campamento, se detuvo por unos instantes y al ver la reportera de CNN abrió sus brazos y con una gran sonrisa en su rostro, le dijo: ¡Felíz Año!
Otras historias, por el contrario, muestran el sabor amargo de la tragedia y el dolor que no es fácil de borrar, pero que se sobrepone gracias a una reflexión espiritual. Ese es el caso del pescador Iruthayanathan Justin en Sri Lanka, quien el domingo 26 de diciembre trabajaba en su bote para ir a pescar en alta mar. Cuando de repente vio desaparecer el agua del océano y se preguntaba hacia dónde había ido.
Posteriormente, vio que el agua regresó y que empezó a invadir poco a poco los predios de su humilde casa construida en la playa. Y el agua empezó a aumentar de altitud, al tiempo que la gigantesca ola se llevaba todo a su paso. En ese momento, él tomó sus dos pequeñas hijas en brazos y empezó a correr, mientras gritaba a sus esposa e hija de 13 años, que corrieran detrás de él. Pero en medio de la desesperada carrera, la hija mayor no pudo continuar y se soltó de la camisa de su padre, siendo arrastrada por las fuertas olas del mar. El vió cómo ella lo llamaba en la distancia sin poder hacer absolutamente nada.
Y como esta historia hay miles de historias de padres que perdieron a sus hijos, pues la población infantil y la de pescadores integran los grupos representativos de esta tragedia. En las palabras de Justin está clara la interpretación que ellos han dado a la tragedia. Una explicación que quiero compartir con los lectores de El Centinela, porque nos sirve de reflexión. El dijo, el día que enterraba a su hija de 13 años en la playa: “Nosotros hemos estado robando los hijos del mar y ahora él ha venido a llevarse los nuestros”.
Para él es una realidad clara. El mar ha sido el sustento de su familia por años y ahora ha perdido en sus aguas a su hija Jeromica. Siendo cristiano es una forma de entender que lo que hoy quitamos, mañana se nos quita. De la misma manera que lo que hoy damos, mañana vuelve a nosotros. Es el ciclo de la vida. Y en su mente de católico, esa es la explicación a la tragedia de perder su hija.
Hoy este padre se pregunta una y otra vez que pudo hacer para salvar la vida de su hija. Los sicólogos y sacerdotes no tienen una respuesta pues reina la desesperanza. Como dijo el sacerdote jesuíta Paul Sattkunanayagam, quien oró por el alma de la niña Jeromica: “Nosotros no nos preguntamos el por qué de esta tragedia. Simplemente, reflexionamos sobre el mensaje que hay detrás de ella”. Quizás el mensaje es tan simple como la explicación que ha dado Justin, a pesar de su dolor.