
Cuando el Papa Juan Pablo II murió el Sábado de Pascua, yo estaba de peregrinaje con casi 100 hermanos y hermanas de esta Arquidiócesis, como parte del “Año de la Eucaristía”. Se nos recordó en nuestra primera parada, que el peregrinaje es esencialmente una jornada con Dios, al igual que es una jornada hacia Dios. Nuestros puertos de llegada fueron Portugal y España. En todos los lugares que visitamos había estado anteriormente nuestro Santo Padre. A medida que se conocía la noticia de su agonía y posterior muerte en Roma, nuestro peregrinaje se convirtió en una forma de acompañarlo en sus horas finales en la tierra y sus primeros días de vida con Dios para siempre.
Todos nosotros sabemos que hemos caminado al lado de un hombre de Dios durante estos 26 años y medio, en los cuales él estuvo en el lugar de Pedro. A mi juicio, el mayor regalo que nos dejó fue su santidad personal y el llamado que él nos extendió una y otra vez de vivir en santidad. Sí, él era un gran evangelizador y proclamó la buena nueva de Cristo Jesús fielmente. Pero, él entendió que su responsabilidad más importante era la de ayudar a su familia a ser santa. En el momento de su muerte, no hay un logro más significativo, que haber tenido la oportunidad de ver el regalo de santidad que él nos dio en nombre de Dios. Los innumerables santos canonizados durante su pontificado, nos ofrecen ánimo e inspiración en nuestra búsqueda de esa meta tan elevada.
Este Pontífice era igualmente un maestro maravilloso. Él presentaba las creencias y los valores de la comunidad católica claramente, con compasión y convicción.
El Papa Juan Pablo II será recordado como un sanador y unificador. Aquellos que estaban físicamente impedidos tenían un lugar especial en su corazón. Él estaba abierto a las experiencias de oración y diálogo con hermanos y hermanas de fe y sin fe.
Él fue un modelo de la forma de defender correctamente la iglesia en cuanto a la normatividad pública, tomando siempre los asuntos sociales, con la seriedad de un maestro y no de un político, siempre con responsabilidad.
¡Habemus Papa!
Cuando el Papa Benedicto XVI fue nombrado para suceder al Papa Juan Pablo II, la gente me preguntó qué opinión tenía de este nuevo líder de la iglesia católica. Esta es la primera vez en mi vida que realmente había conversado con aquel elegido para ser Sumo Pontífice. Él me agradó mucho desde la primera vez, cuando lo conocí. Como la mayoría de ustedes, yo había escuchado que era brillante y fiel en su trabajo como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Pero instintivamente, tuve la sensación de que éste era en realidad un gentil y humilde siervo del Señor, que amaba a Dios y de la misma forma amaba a la iglesia.
Cuando los arzobispos del occidente regresamos a casa, después de nuestra visita “Ad Limina” el año pasado en junio, coincidimos en que nuestra visita a él y sus colegas en la Congregación para la Doctrina de la Fe había sido una de las experiencias para recordar después de nuestro viaje.
Él habló claramente, escuchó atentamente, nos apoyó fraternalmente y nos afirmó en nuestro ministerio, como maestros de la fe en nuestras propias iglesias locales. Él estaba genuinamente interesado en lo que teníamos que decir y entusiasmado en apoyar nuestros esfuerzos como catalizadores de la misión escencial de evangelización de la iglesia. Yo estoy feliz y orgulloso de poder servir como obispo, con él a la cabeza de nuestro colegio.
El Papa Benedicto XVI se ha convertido en el pastor del mundo católico y el evangelizador principal de nuestra iglesia. Ciertamente él no tiene los mismos dones de su predecesor, pero trae sus propios testimonios y talentos, para ponerlos al servicio de su Papado. Yo estaba muy feliz cuando él sonrió al caminar hacia ese balcón. ¿No habría sido terrible tener en su lugar, un Papa a quien le horrorizara su trabajo?
Aquí en la Arquidiócesis de Portland hemos sabido que la comunidad monástica de Mount Angel ha celebrado el nuevo nombre que escogió el Santo Padre, que se ha llamado Benedicto XVI. El anterior Papa que tuvo ese nombre, Benedicto XV, sirvió como obispo de Roma durante la Primera Guerra Mundial, desde 1914 hasta 1922. Él fue un ardiente y persistente defensor de la paz, durante este primer conflicto terrible del siglo XX.
El primer Papa que llevó ese nombre, Benedicto I, sirvió en el siglo XVI durante la invasión lombarda a Roma. El nombre Benedicto significa: “bendito”, un nombre que como todos pedimos en oración, esperamos que coincida con la realidad de la vida del Papa y de su ministerio en los años venideros. El día de la elección del Papa, tomé rápidamente la decisión de viajar a Roma para su instalación el domingo 24 de abril.
La Pascua: La temporada del Espíritu Santo
La Pascua es una celebración que dura 50 días y culmina con la cena de Pentecostés, el día que recordamos la venida del Espíritu Santo sobre los discípulos y amigos de Jesús.
El Espíritu Santo fue el regalo de Pascua para todos nosotros por parte de Jesús. El Espíritu Santo ha sido descrito como el fuego de Jesús. El Espíritu Santo nos bendice con la habilidad de recibir el evangelio de Jesús y el poder de proclamarlo con otros de palabra y de obra. Sin la ayuda del Espíritu Santo, la misión evangelizadora de la iglesia nunca se hubiera podido lograr.
Es el Espíritu Santo quien nos mantiene inquietos acerca de cualquier desunión que podamos estar experimentando en la iglesia hoy en día.
Como el verdadero animador de nuestra fe católica, el papel del Espíritu Santo en nuestras vidas es excepcionalmente celebrado al momento de la Confirmación. Hace tres años el Santo Veedor coincidió con los obispos americanos que la edad para conferir el sacramento de la confirmación en el rito latino en las diócesis de los Estados Unidos debería ser entre “la edad establecida a discreción y los 16 años de edad”.
Cada obispo diocesano se espera que determine un parámetro más específico para la gente de su propia iglesia local. Aquí en la Arquidiócesis de Portland, se les pide a los parroquianos que presenten candidatos que están en el noveno o décimo grados, usualmente entre las edades de 14 a 16 años, un tiempo en que nuestros pastores creen es particularmente apropiado para estas vidas jóvenes, el ser enriquecidas con la fuerza especial del Espíritu Santo. Después de toda, la confirmación nos recuerda que debemos ser verdaderos testigos de Cristo, más estrictamente obligados a extender y a defender nuestra fe de palabra y de obra.
Este verano les pido que oren por todos aquellos cuyas vidas han sido tocadas por el Espíritu Santo en las celebraciones sacramentales a lo largo del occidente de Oregon. Cuando Pentecostés venga este año, vamos nuevamente a celebrar el cumpleaños de la iglesia, los principios de la misión evangelizadora de nuestra iglesia de “ir y hacer discípulos”.
Un segundo Triduo Pascual
Yo tuve el privilegio de participar en la instalación del Papa Benedicto XVI como nuestro nuevo pastor en jefe y sucesor de San Pedro. Considero esta experiencia como un segundo “Triduo de Pascua” porque la iglesia no solo estaba celebrando en ese momento los principios del nuevo ministerio del Papa Benedicto, pero estaba todavía en duelo por la muerte de su predecesor, Papa Juan Pablo.
El sábado el la noche fui invitado a una recepción en honor de los cardenales americanos en la embajada de los Estados Unidos en el Vaticano. Allí conocí a los representantes de la delegación americana que participó en la instalación, bajo el liderazgo del hermano de nuestro presidente Jeb Bush de Florida. Los electores del cardenal eran el centro de atención a medida que ellos mantenían fielmente el secretismo del cónclave, pero con regocijo se reunieron en la celebración de la transición exitosa que fue lograda en su elección de nuestro nuevo Papa. La noche fue particularmente agradable para mí, porque ambos de mis predecesores aquí en Portland estaban presentes, el Cardenal Francis George de Chicago y el Arzobispo William Levada de San Francisco. Ésta fue una noche de expectativa gozosa por los grandes eventos que ocurrirían al día siguiente en la Basílica de San Pedro.
El domingo amaneció brillante y hermoso. Con algunos de los obispos llegamos a la Plaza de San Pedro con dos horas de anticipación a la hora establecida para la celebración de la Eucaristía. La Plaza ya estaba abarrotada. Ya se podía ver a las multitudes a lo largo de la Vía de la Conciliación y hacia el río Tíber.
La prosesión de ministros litúrgicos, cardenales concelebrando, los patriarcas y el Santo Padre empezó puntualmente a la 10 a.m. Todos se habían congregado junto a la tumba del Papa Juan Pablo para hacer oración antes de empezar la misa. A medida que ellos entraban, nosotros cantamos la letanía de los santos, invocando bendiciones y protección en nombre de nuestra iglesia y nuestro nuevo Santo Padre. Este era un evento multi-lingüístico que duró por tres horas, pero que nunca pareció así de largo. Luego de la proclamación del evangelio en latín y en griego, el Santo Padre fue presentado con su palio, el cual él más tarde lo describió como el recordatorio de las cargas sacrifícales que Jesús, el Buen Pastor, lleva por su rebaño y el anillo de pescador, como signo de amor y de compromiso que el Señor a través del nuevo Papa ofrece a toda su gente.
En mi propia mente los pensamientos fueron surgiendo rápidamente acerca de la carga que el papado con el Papa Benedicto XVI estaba asumiendo en servicio de todos nosotros y el amor por Cristo y por la iglesia que provoca su disposición para ejercitar el ministerio de Pedro en nuestro nombre.
La homilía del Santo Padre fue magnífica. Él sabiamente se abstuvo de presentar cualquier programa para su pontificado y dijo que él venia a servir con mente y corazón abiertos, deseoso de escuchar la voz de Cristo la cual escucha hablar en el cuerpo de Cristo que es la iglesia, a saber, el pueblo de Dios. Él hizo claro que estaba ansioso por continuar el ministerio de la evangelización de su predecesor y a servir como un agente de unidad dentro de la iglesia, con gente de fe por todo sitio y con aquellos que no creen en Dios. Igualmente nos recordó que su ministerio, como los otros ministerios de la iglesia, no puede llevarse a cabo solo.
Él cuenta fuertemente en nuestro amor, nuestras oraciones y nuestro apoyo generoso. El domingo en la tarde tuve la oportunidad de cenar con el Padre John Cihak, nuestro sacerdote arquidiocesano que está estudiando en Roma, cuatro seminaristas de Portland y dos monjes de la Abadía de Mount Angel que están igualmente estudiando en Roma. Este fue una comida muy agradable a medida que recordábamos los eventos del día y anticipábamos los futuros retos y oportunidades del nuevo pontífice.
En su homilía el Papa Benedicto XVI valientemente declaró que tanto el funeral del Papa Juan Pablo como su propia ceremonia de instalación eran signos claros que la iglesia estaba sin lugar a dudas viva e igualmente joven. Rodeado por estos sacerdotes y futuros sacerdotes llenos de vida y de juventud, yo sólo pude añadir mi “Amén” a esa sabia observación, dada el sorprendente número de gente joven que vino a la Basílica de San Pedro en abril para el funeral de un Papa y la instalación de otro.
El día siguiente a la Misa de Instalación, visité la tumba del Papa Juan Pablo. Mi peregrinaje a Roma hubiera sido incompleto sin esta experiencia. Fue un momento muy tierno el de orar frente a los restos humanos de un gran siervo de Dios. Las filas de personas esperando a visitar la tumba eran increíblemente largas cada día. Sin haberle presentado respetos a este gran hombre, cualquier viaje a Roma hubiera sido incompleto. La visita al sitio de la tumba fue hecha con mayor confianza y satisfacción porque la vida ha retornado al palacio apostólico con la elección e instalación de Benedicto XVI.