
Queridos Lectores:
“Caminante no hay camino, se hace camino al andar”, dice el tema que se basa en los versos del poeta Antonio Machado y es quizás una de las frases propicias para explicar lo que ha significado la experiencia de seguir los pasos de los peregrinos y ser “peregrina”, durante mi recorrido en el mes de junio, por el “Camino Francés”, al norte de España, para llegar hasta Santiago de Compostela.
A esta ciudad caminan miles de peregrinos de todo el mundo, en una tradición que es milenaria, y se ha convertido en una experiencia de reflexión personal, espiritual, interiorización y también una vivencia ante todo cultural.
Ser “peregrino” en este tiempo, es una experiencia que realmente está llena de sentimientos. Y digo sentimientos, porque cuando se recorre el camino hacia Santiago de Compostela, los sentimientos afloran en una especie de transformación interior.
Esta transformación es tan evidente, cuando se camina en contacto directo con la naturalesza, sobre todo en este tiempo en que estamos en un mundo invadido por la tecnología que nos llena de ruido y no nos deja siquiera pensar. En la época actual todo funciona como si se tratara de una tecla en el computador: que se oprime y ya, la respuesta está dada, en milésimas de segundo y no tenemos ni que detenernos a pensar. La vida es una carrera contra el tiempo, en la que no tenemos tiempo de cuestionarnos dónde estamos realmente.
Por eso iniciar el “Camino de Santiago” es recorrer un espacio, en silencio, sólo en contacto con la naturaleza, en una experiencia que nos pone de nuevo frente a la esencia de la vida, es decir nuestro propio cuerpo, la naturaleza y nuestro contacto directo con la naturaleza.
El sonido de nuestros pasos al andar, el rumor del viento o la brisa que mueve las ramas de los árboles, parecen renacer en este recorrido en el que los sentidos están alerta de nuevo. Y no sólo los sonidos, sino el sentir nuestros músculos cansados, la sed inevitable en época de verano o el frío en época de invierno. Es estar de nuevo con nosotros mismos, con nuestros pensamientos, con quiénes somos realmente, sin interrupciones.
El “Camino de Santiago” nos pone de nuevo en contacto con nuestra esencia. Con quienes somos realmente.
Iniciar el recorrido, nos muestra un completo itinerario que está por recorrer. Es como si se tratara de la vida misma. Cada día en el camino, puede traducirse en cada uno de los días de nuestra vida. ¿El final? En el camino, pues será la ciudad: Santiago de Compostela. Pero en nuestra vida, será el final de nuestros días. Es en ese momento donde miraremos hacia atrás para ver el recorrido que hemos realizado.
Para mí, la experiencia de vivir el “Camino de Santiago” fue muy enriquecedora. Surgió dentro del plan de celebrar el cumpleaños de mi esposo en compañía de su hermano. Y por la premura del tiempo y a manera de remembranza, el itinerario se hizo en motocicleta, pues la intención era vivir la experiencia de ver a los peregrinos en su ruta diaria, no tanto llegar al destino final. No, la intención fue la de ser peregrinos también, viviendo cada momento del recorrido. Si hubiésemos realizado el camino a pie, no habría sido posible en tan sólo una semana y valió la pena pues fue una experiencia realmente inolvidable.
Por eso quiero compartirla con mis lectores, desde cuando iniciamos el camino en el punto conocido como “Puente La Reina”, hasta Santiago de Compostela. En un itinerario realizado en una semana y en motocicleta. Este viaje ha sido la mejor experiencia de mi vida, pues cada día nos enfrentaba a la incertidumbre del recorrido, de los peligros que la motocicleta representa, pero a la vez, a la aventura propia de un sueño que pensé que no iba a realizar.
El viaje en motocicleta nos permitió llegar a sitios inesperados entre los trigales españoles o los viñedos hermosos de la Rioja. Llegamos a la cima de las montañas y en otros momentos viajamos bordeando la playa del Cantábrico o en medio de la bruma de los Picos de Europa. Fue una experiencia de libertad total y de contacto directo con la naturaleza.
Al iniciar nuestro camino, en el “Puente La Reina”, desde donde parten muchos peregrinos que llegan para tomar la ruta del norte de España, siguiendo el tradicional “Camino Francés” pude sentir que que realmente quería ser caminante. Lo lindo de la experiencia fue poder seguir el recorrido de los peregrinos, encontrarlos en cada parada de las pequeñas villas españolas, listos para descansar en los albergues, o verlos partir por las mañanas, frescos para enfrentar a primera hora del día la nueva jornada.
A lo largo de nuestro recorrido, la intención principal era ver cada sitio, deternernos para seguir las señales, viajar con cuidado y cumplir el itinerario, pero siempre disfrutando de cada momento, de cada parada, de cada paisaje y obvio, dentro del paisaje, siempre aparecían los peregrinos, a pie, a caballo, en bicicleta o en motocicleta, como nosotros. Muchos de los viajeros europeos hacen su viaje en motocicleta porque es común en Europa.
Nosotros éramos tres. Keith, Rick y yo. Pero realmente, eramos uno también. Al decir uno, digo que cada uno vivió su propia experiencia personal. Cada uno vivió la jornada con sus propias expectativas.
Para mí fue enriquecedor, compartir con ellos su relación de amistad entrañable, esa que los une siendo hermanos y que los ha acompañado a lo largo de su vida. Los dos comparten y hacen de cada momento un experiencia para recordar. Además de que fui parte de ese mundo que los ha unido por tantos años y siendo católica, pude compartir con ellos, esos sitios y aprender de la historia que ha sido parte de mi vida y base de mi fe.
Para mí, cada jornada, iniciaba con la bendición impartida para terminar bien nuestro día. Para llegar a salvo a nuestro destino y sobre todo cumplir nuestro itinerario. Eso me ayudó a ver de nuevo lo que significa ser católico y me dio la oportunidad de compartirlo con ellos.
Visitando las iglesias de cada villa, pudimos orar en silencio, pedir la gracia de Dios, encender las velas por nuestras propias necesidades. Ellos respetuosos, compartieron cada ritual. Al final del viaje la bendición era parte del ritual, porque viajar en motocicleta es como un ritual, en la forma como se lleva el equipaje y como hay que vestirse para estar preparado para la lluvia, el fuerte viento o el sol.
Estas vivencias se pueden leer en esta edición, a la que los estoy invitando, porque es perfecta para celebrar la fiesta de Santiago, que en el calendario se marca el 25 de julio como una tradición de fe.
Santiago de Compostela es el sitio donde se demuestra que los seres humanos, unidos, podemos mantener una tradición de fe, pero también encontrarnos interiormente para ver cada paso que damos en la vida.