
Nuestros jóvenes de las escuelas católicas están regresando a las aulas. Desde que yo vivo cerca a la escuela de la Catedral Santa María de Portland, he podido disfrutar de las risas, actividades y saludos de los jóvenes que estudian allí. Esto pasa, porque he pasado la mayoría de mi vida como sacerdote en los salones de clases, y septiembre, siempre llega como una estación llena de nostalgia por los recuerdos que guardo de esos felices años, cuando mis colegas y yo, tratábamos de tocar el futuro a través de nuestros cambios juveniles.
El mes de junio, los obispos norteamericanos renovamos nuestro compromiso con las escuelas católicas de primaria y secundaria, para el Tercer Milenio. éste es nuestro mayor esfuerzo para reforzar las metas que establecimos hace más de 15 años.
Y para recordar esas metas las voy a enumerar: 1. Las escuelas católicas continuarán prestando los servicios educativos con calidad y con base en el Evangelio. 2. Las escuelas católicas van a estar disponibles para todo el que las necesite. 3. Los obispos lanzarán iniciativas, tanto para el sector público, como para el privado, con el fin de asegurar la asistencia financiera para los padres y los educadores, de forma que ellos puedan escoger la mejor escuela para sus hijos. 4. Nuestras escuelas católicas van a tener un equipo de administradores y maestros altamente calificados que recibirán salarios y beneficios justos.
Es verdad que no todos nuestros niños católicos atienden las aulas catolicas. Y hemos visto que no hay un ministerio parroquial que sea utilizado en un 100 por ciento por los miembros de la parroquia, ni siquiera en la misa dominical. Aunque una de las empresas más exitosas de evangelización en la historia de los católicos norteamericanos, ha sido a través de los sólidos programas de educación y formación en la fe, a través de las escuelas católicas.
Nosotros no hemos encontrando un mejor camino para asegurar que nuestra gente joven pueda tener los fundamentos vitales para vivir los valores morales, sobre todo en el mundo tan complejo que vivimos hoy.
Un reto que enfrentamos actualmente es la creciente diversidad de nuestra población católica, la cual no está siendo atendida según esta diversidad en las escuelas católicas. Cerca de la mitad de los católicos de este estado son hispanos o latinos, pero si vemos en nuestras escuelas ese número no es tan significativo. Necesitamos lograr que nuestros amigos y vecinos sean recibidos en todos los sentidos dentro de su vida, comunitaria y su vida parroquial, incluyendo las escuelas.
Año de la Eucaristía
Desde octubre pasado, nosotros hemos estado observando el Año de la Eucaristía en la comunidad católica mundial. Éste va a terminar con el Sínodo de Obispos en Roma, el cual se realizará en octubre. Aun cuando nuestro enfoque en la Eucaristía ha sido especial este año, yo podría decir que cada año puede ser un “Año de la Eucaristía”.
Todos los años, los católicos nos acercamos juntos para celebrar la Pasión y Muerte de Jesucristo y nos alimentamos en nuestra jornada espiritual con el cuerpo y la Sangre del Señor. Nosotros nos reunimos como familia, cada domingo alrededor de los altares de nuestras iglesias parroquiales en cumplimiento del mandato del Señor: “Hagan esto en memoria mía”.
Cuando el Papa Juan Pablo II hizo el llamado a este Año de la Eucaristía, una de sus metas fue la de reforzar el domingo, como el Día del Señor. Esto no es tan difícil para quienes trabajamos en la iglesia, pero es un reto mayor para quienes regularmente están bombardeados con todo tipo de actividad, sobre todo la mañana del domingo.Todo esto distrae la atención hacia el Señor y su día especial, sino que incluso, algunas veces hace más difícil para ustedes reunirse con el resto de la familia parroquial del Señor, en torno al banquete.
Otro de los temas que quiero tocar, fue el de mi experiencia al hablar con los candidatos jóvenes para la Confirmación, durante la celebración de primavera. Con frecuencia he hablado de la obligación de atender la misa los domingos. Recuerdo que cuando yo era joven, esta obligación era presentada por nuestros padres y maestros, como una responsabilidad con mucho sentido, la cual asumíamos como católicos y no permitía excepción.
A nosotros se nos dijo que era un pecado muy serio no asistir a la misa y mucho más si era una decisión deliberada. Sólo se podía dejar de asistir si teníamos una excusa legítima. Esto es cierto hoy, pero ¿cuál es la razón de la seriedad de este compromiso del católico?
La misa del domingo es el espacio donde se cuestiona la vida y muerte de Jesús. Yo no estoy hablando simplemente de la consecuencia final de nuestra jornada de fe, vida eterna o muerte eterna. La obligación de participar en la misa del domingo es mucho más importante, se trata de algo vital como el hecho de alimentar nuestro cuerpo.
Si usted no come, no vive. Si usted no celebra la eucaristía por la cual los cristianos están alimentados con la Palabra de Dios y el Cuerpo y la Sangre de Cristo, usted muere espiritualmente. Nosotros no debemos engañarnos a nosotros mismos. La fe es un regalo que puede perderse, al igual que la vida. Tanto como la vida, la fe debe ser alimentada. Sin la propia alimentación, nosotros perdemos nuestra energía y deseo de vivir como discípulos de Cristo Jesús.
Una responsabilidad importante de cada obispo es la de dar la eucaristía a su gente cada domingo. Por eso es que las parroquias están establecidas y los sacerdotes son ordenados. Contando con las 30.000 millas cuadradas de esta Arquidiócesis, sería completamente imposible para todos ustedes el venir por su alimento espiritual cada domingo a la Catedral Santa María, donde yo presido la misa. Pero este año hemos contado con un regalo especial que es el incremento del número de seminaristas que trabajan en la Arquidiócesis.
Yo estoy al tanto de la situación en la comunidad. Sé que algunas veces, se da el caso de que ni un sólo sacerdote está disponible para celebrar la misa en una iglesia particular un domingo determinado. Si se vive esta situación de última hora, como una emergencia real, el pastor tiene que ver la forma de que el servicio de la comunión sea provisto por un ministro competente y entrenado.
En el caso de que la ausencia del sacerdote se haya previsto anteriormente, y no se haya encontrado su reemplazo, yo he establecido que en el Centro Pastoral de la Arquidiócesis se brinde la posibilidad de determinar si alguien de nuestro personal o yo mismo, pudiéramos reemplazar al sacerdote que va a estar ausente.
La misa del domingo es muy importante y yo me sentiría negligente, si no estoy seguro de que hemos hecho todo el esfuerzo para solventar las necesidades de nuestros feligreses. Un ritual especial se ha previsto para la adoración del domingo en ausencia del sacerdote. Todo esto lo hemos hecho con el fin de mantener nuestra comunidad reunida en torno al banquete del Señor.
Según los datos estadísticos, se dice que en la actualidad los católicos no asisten a misa los domingos como lo hacían en el pasado. Esta es una noticia muy desalentadora para mí. Pero estas estadísticas varían. Cuando las encuentas se realizan entre las mismas personas, el dato cambia pues cada persona dice que asiste a misa y la cifra aumenta entre un 50 y un 60 por ciento, si se habla de atender a misa en forma regular.
Pero cuando las encuestas se realizan en Arquidiócesis, hemos visto que los pastores descubren que sólo un 30 por ciento de las personas asiste a misa. ¿Quiénes dicen la verdad? Ambos, creo yo. Pero muchas personas piensan que están atendiendo regularmente a la misa cuando sólo van una o dos veces al mes.
Hermanos y hermanas, esto no es suficiente. El tercer mandamiento nos recuerda a todos: “Recuerden santificar el Día del Señor.” El Día del Señor es todos los domingos, no sólo la segunda o tercera semana del mes.
Obviamente no siempre la misa del domingo en nuestras parroquias puede ser celebrada con el mismo grado de solemnidad y de belleza. Pero cada misa del domingo debe ser celebrada con la mayor plenitud y esplendor del ritual de la iglesia que sea posible. Yo sé que muchos de ustedes, aún después de todos estos años de renovación litúrgica, todavía miden la calidad de la misa del domingo con la norma vieja de “entre más corta, mejor”.
¿Es mucho darle al Señor de 60 a 75 minutos cada semana? Cada domingo, la Eucaristía, de principio a fin, debe ser vivida con dignidad, excelente música, espíritu de hospitalidad, conciencia multicultural, reverencia y participación gozosa. Los talentos y los recursos pueden variar de parroquia a parroquia y de misa a misa. Pero si nosotros no estamos haciendo lo mejor, entonces no estamos haciendo lo que deberíamos.
La renovación del domingo, como Día del Señor está acompañada durante este Año de la Eucaristía, por una mayor adoración fuera de la misa.Un número de parroquias en la Arquidiócesis tienen su tiempo especial para la adoración de la Eucaristía. Estas concluyen con la adoración del Santísimo Sacramento. Así como nos acercamos al final de este año especial, yo animo a que en cada parroquia se pueda dar la bendición por lo menos una vez al mes.
Abogamos por la justicia social
El año pasado nuestra Arquidiócesis fue capaz de reforzar su compromiso con los ministerios de Justicia y Paz, bajo el liderazgo de David Carrier, el nuevo director.
El compromiso de nuestra iglesia en busca de justicia social, tiene sus raíces en el mensaje del Evangelio de San Lucas, que plantea que Jesús vino “a traer buenas noticias para los pobres, libertad a los cautivos y a devolver la vista a los ciegos”. A través de los siglos, la iglesia ha especificado este llamado genérico con una tradición viva de pensamiento y acción.
Los Obispos Católicos de los Estados Unidos han articulado siete temas claves que forman el corazón de la enseñanza social de la iglesia. Estos son: La vida y la dignidad de la persona humana; el llamado para mantener la familia, la comunidad y la participación comunitaria; los derechos y responsabilidades de los individuos; la opción por el pobre y el vulnerable; la dignidad del trabajo y los derechos de los trabajadores; la solidaridad de la raza humana y finalmente, la buena administración de la creación de Dios.
El ministerio de Justicia y Paz debe ser un componente de la vida parroquial, muy cerca del objetivo de las discusiones del consejo pastoral, que está vinculado directamente con la misión evangelizadora de la iglesia. Además de estar conectado con la enseñanza del Evangelio y el valor de la dignidad de la persona humana. ¿Se van a presentar desacuerdos? Sin lugar a dudas. ¿El diálogo va a ser mutuamente respetuoso? Si no, ciertamente no va a haber justicia o paz.
Yo invito a los consejos pastorales a tomar parte en la agenda de las enseñanzas sociales de la iglesia. No piense en el mundo entero, pero tome una situación particular en su comunidad, donde las relaciones son erróneas y usted tiene la oportunidad de corregirlas. Pido a Dios que nos bendiga a todos con el Evangelio de Justicia y Paz.
Protección de los Niños
El mes de junio, que acaba de pasar, en la reunión de la Conferencia de los Obispos Católicos, el Capítulo sobre la Protección de los Niños y de la Gente Joven, el cual fue promulgado en 2002, fue actualizado con base en las experiencias de las diócesis del país.
Aquí en la Arquidiócesis de Portland, nosotros hemos enfrentado el desafío de las múltiples demandas de abuso sexual de niños y nuestros esfuerzos por alcanzar la solución de cada caso, ahora con la ayuda de la bancarrota. Estos crímenes se han ganado la antipatía de mucha gente y la verdadera reconciliación se logrará solo con la ayuda de la oración y la gracia de Dios. Pero nosotros debemos hacer nuestra parte compensando a las víctimas por sus sufrimientos y apoyándolos con nuestras oraciones y cuidados. Ojalá salgamos adelante de esta difícil situación.