Edición Impresa: 12/16/2005

El Concilio Vaticano II celebró sus 40 años de aniversario

A comienzos del mes, la Arquidiócesis de Portland y el Capítulo de Oregón del Comité Judío Americano fueron los anfitriones de una presentación titulada “Una Fe: Dos Convenios”, en la Catedral Santa María, para marcar el aniversario número 40 de la Declaración del Concilio Vaticano II en la relación de la Iglesia con las religiones no cristianas. El Rabí, Daid Rosen del Comité Judío Americano y el Servita Padre John Pawlikowski, director del Programa de Estudios Católicos-Judíos en la Unión Teológica Católica de Chicago, fueron los presentadores. La declaración fue uno de los regalos que recibió la iglesia como resultado del Concilio Vaticano II, el cual celebró sus 40 años, el pasado 8 de diciembre.

Yo estoy bastante consciente de que el Concilio ciertamente cambió mi vida en una forma significativa. Algunos de nosotros que vivimos a través del Concilio y su posterior situación alrededor del mundo, algunas veces tenemos sentimientos encontrados acerca de todo lo que pasó en Roma de 1962 a 1965 entre los obispos. El cambio no fue fácil y en retrospectiva muchos desearían que hubiera sido con una mejor planeación e instrucción para todos, tanto para los ministros pastorales, como para la gente relacionada con las enseñanzas y directrices del Concilio. Pero esto es historia ahora. Yo le doy gracias a Dios que me llamó a servir como sacerdote antes y después del Concilio. Sí, hubo algunas pérdidas, pero la mayor parte ha sido de grandes beneficios.

Nuestra relación con otros creyentes cristianos o no cristianos, se ha mejorado dramáticamente como resultado del Concilio. Los diálogos entre las iglesias, internacionalmente, nacionalmente y localmente han establecido lazos de amistad y entendimiento con otras gentes de fe. Estos tiempos son tan diferentes a aquellos de mi niñez cuando yo pensaba que era malo entrar a una iglesia no católica. Las cicatrices de la Reforma, atrás en el Siglo XXVI, tomaron mucho tiempo para ser sanadas.

En casi 20 siglos de relación hostil entre cristianos y judíos, igualmente se han causado muchos dolores a través de los siglos. El cambio dramático que hemos visto en nuestro propio tiempo es una bendición.

Cuando el Papa Juan XXIII anunció que él intentaba celebrar un ConcilioEcuménico, yo era un nuevo estudiante de teología en el seminario de Roma. Ésto fue en enero de 1959. Fui testigo de algunos tiempos muy emocionantes, en que los obispos y los teólogos viajaban de ida y de vuelta a Roma durante estos años preparatorios, alistándose para la convocatoria de los obispos del mundo en el otoño de 1962. Nadie sabía cuánto iba a durar el Concilio, pero resultó ser un evento de cuatro años. El Papa Juan XXIII fue capaz de ser testigo sólo de la primera sesión en 1962. Su sucesor el Papa Pablo VI presidió las siguientes tres sesiones.

El Papa Juan XXIII era un hombre maravilloso. Los romanos rápidamente se enamoraron de su nuevo obispo. él se ganó el corazón de todos nosotros esa primera navidad como Papa en 1958, cuando él visitó un hospital de niños y una cárcel. Sus predecesores habían sido “prisioneros del Vaticano”. Fue el Papa Juan XXIII el que cambió las “reglas” y decidió salir entre la gente. Sus sucesores han seguido su liderazgo. Todos nosotros sabemos cómo el Papa Juan Pablo II se convirtió en el Papa más viajado de la historia. Juan XXIII, primero y sobretodo un pastor, dejó su huella en el Concilio que él convocó, el cual verdaderamente se convirtió en un taller de pastores.

Al final del Vaticano II en diciembre de 1965, el Concilio de padres había emitido 16 documentos con enseñanzas que tocaron un rango amplio de temas, incluyendo la liturgia, la misa en los medios, la naturaleza de la iglesia, el ecumenismo, la oficina del obispo, la renovación de la vida religiosa, la educación cristiana, el apostolado de los seglares, la libertad religiosa, la actividad misionera, el ministerio y la vida de los sacerdotes y la más memorable de todas, la constitución de la iglesia en el mundo moderno.

Fue de particular significado el enfoque respecto a la misión esencial de nuestra iglesia en la evangelización. Antes del Concilio, la iglesia de muchas formas todavía seguía llevando a cabo la misión con la “mentalidad de fortaleza”, como remanente del terrible trastorno que ocurrió en el siglo XVI después de la Reforma Protestante. Pero los padres del Concilio llamaron a la iglesia de regreso a su papel esencial de llevar los valores del evangelio a todos, no simplemente el de reforzar los valores del Evangelio a aquellos quienes ya los han considerado. A la iglesia se le recordó que fue llamada a ser “la luz del mundo”, no sólo la luz de su propia casa.

Reflexionando sobre los sacramentos de la iglesia, el bautismo tomo el escenario central, no las Santas Ordenes. El Concilio nos recordó que todos los bautizados comparten el sacerdocio real de Cristo Jesús. A través de las aguas salvadoras de este primer sacramento de iniciación, todos nosotros somos llamados a la santidad en la comunidad de los santos y a compartir la responsabilidad por la misión de la iglesia. La ordenación da poder a algunos que optan por el ministerio del sacerdocio, el cual atiende las necesidades y enfoca las responsabilidades de todos los bautizados. Fue hasta después del Vaticano II que nosotros empezamos a escuchar frases como: ”la gente de Dios” y “la gente sacerdotal”, las cuales son en la actualidad comúnmente usadas para describir nuestra comunidad de la iglesia.

Pero fue en la adoración en la iglesia que la gente especialmente notó los cambios introducidos por el Concilio. Cuando la iglesia se reúne a adorar, se nos recuerda, que todos son animados a una total, consciente y activa participación en la liturgia. La reintroducción de la lengua vernácula fue probablemente el cambio más dramático e inesperado.

Debido a que esto ocurrió tan rápidamente, por algunos años mucha de nuestra gran tradición musical en nuestra iglesia se perdió, hasta que la nueva música vernácula fue desarrollada para apoyar la oración litúrgica. Nuestra propia Prensa Católica de Oregón ha hecho mucho para proveer a las parroquias a través de esta nación con música adecuada para ser cantada en el ambiente vernáculo. En años recientes nosotros hemos sido animados a utilizar algunos coros litúrgicos tradicionales y otras canciones en latín durante la liturgia, las cuales son apropiadas para la participación en la oración. Algunos en forma errada han visto esto como una invitación a convertir la asamblea litúrgica en la audiencia de un concierto. Nada puede estar más alejado de la adoración prevista por los padres del Concilio.

Los historiadores nos dicen que la mayoría de los concilios ecuménicos han sido seguidos por décadas de ajuste, controversias y estrategias de implementación. Algunos erradamente pensaron que el Concilio podría cambiar las doctrinas mayores y enseñanzas de la iglesia. El Papa Juan XXIII no tenía tal intención. Su propósito era el de actualizar la forma como celebramos nuestra comunión y llevamos a cabo nuestra misión, siempre conscientes de que la nuestra es el trabajo del Espíritu Santo, una tarea sagrada que nos ha sido confiada por nuestro Dios viviente.

La mejor manera de celebrar este aniversario número 40 del Vaticano II es el familiarizarnos más detalladamente con la visión y las enseñanzas de esta maravillosa reunión y el de ayudar a hacerlos una realidad al principio de este nuevo siglo del cristianismo. Como el Papa Benedicto XVI anotó en su homilía en el día de su instalación como Supremo Pontífice, “la iglesia esta viva”. Por esto nosotros damos gracias a Dios y damos gracias al bendito Papa Juan XXIII igualmente.

El Encuentro con Iglesias

La Semana antes de la Acción de Gracias yo estuve en Washington D.C. en la asamblea del otoño de nuestra Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos. Este año fue un poco diferente para mí.

Mi compañero de clase y buen amigo el Arzobispo William Levada no estaba presente. Nosotros fuimos nombrados obispos en 1983 y atendimos estas reuniones por espacio de 22 años. Él siempre hizo importantes contribuciones a nuestras discusiones y fue realmente echado de menos en esta oportunidad.

Este año tuvimos una muy buena reunión. Yo no siempre lo siento de esta forma. En adición a las elecciones usuales y a los reportes orales, nosotros también aprobamos un libro de lecciones revisado para misas con niños, documentos sobre la pena de muerte y ministerios eclesiásticos de los laicos y prioridades y planes para la conferencia en 2006. Igualmente discutimos con alguna intensidad aspectos relacionados con algunos cambios para las traducciones en las oraciones para el Orden de la Misa.

También hubo una sesión ejecutiva bastante larga en la cual discutimos algunos asuntos pastorales de considerable importancia, incluyendo un reporte del Colegio Universitario John Jay, el cual provee otro análisis del Estudio de la Naturaleza y Alcance concerniente al abuso sexual de niños cometido por sacerdotes. Todas las diócesis participaron en el estudio.

El Adviento

Adviento es este año, tan largo como llegar a tener cuatro semanas completas. Todo empezó el domingo después de Acción de Gracias. El Adviento, esta maravillosa época de esperanza, nos brinda un tiempo para celebrar en forma tranquila y con propósito la venida del Señor Jesús entre su gente. El Adviento es un tiempo de gran expectativa. Es un tiempo donde los profetas nos hablan en la escritura acerca de quien ha de venir con justicia y paz. Los padres ven las expectativas en las caras de sus hijos. Nosotros esperamos enseñar acerca del nacimiento de Jesús, al tiempo que ellos esperan por la venida de Papá Noel.

Durante esta santa época, nosotros nos enfrentamos al hecho de que nosotros simplemente no estamos en control. Podemos maldecir la oscuridad, pero no podemos vencerla nosotros mismos.

Por otra parte, quiero reflexionar en que como iglesia debemos ser más cordiales con quienes están en la distancia. Hubo algo único para mí en la reunión con mis familiares el Día de Acción de Gracias. Alrededor de la mesa todos eran católicos, de los que atienden a la misa todos los domingos. Yo no espero que esto sea típico entre otras familias católicas cuando ellas se reúnen. La segunda denominación religiosa en los Estados Unidos es la formada por antiguos católicos. Ellos o no van más a la iglesia o se han unido a otra comunidad de fe.

En Oregón más de la mitad de la población no está afiliada a una iglesia. Esto no significa que ellos no creen en Dios. Pero ellos no le ven valor a una comunidad tal como la iglesia. Ellos piensan que se relacionan mejor con Dios solos, si es que se relacionan de alguna manera. Dado el individualismo de nuestros días y de nuestro lugar, esto no es realmente sorprendente. Pero es una tragedia cuando se llega a lo que realmente interesa en la vida y a lo que da valor y perspectiva a la forma como vivimos nuestras vidas.

Los ministerios pastorales se confrontan con personas quienes tienen poco o ningún tiempo para la iglesia, pero que ya sea por nostalgia o por presiones familiares todavía buscan los servicios de la iglesia, particularmente cuando se trata de nuestra vida sacramental. Los padres que nunca cruzan las puertas de las entradas de nuestras iglesias parroquiales los domingos aún quieren bautizar a sus hijos. Pero ellos se ofenden bastante cuando se les dice que el bautismo significa que ellos deberán intentar el criar a sus hijos en la práctica de la fe, la cual conlleva su propia participación en la vida de la iglesia. Muchos encontrarán esta observación ofensiva y la considerarán la opinión de una persona simplemente. Ellos se alejan y buscan otra iglesia donde no se les rete acerca de la práctica de su fe.

Los sacramentos se nos presentan como una maravillosa oportunidad para evangelizar a aquellos quienes han abandonado la iglesia. No tiene ningún propósito el de enfurecer a estas personas con una letanía de reproches y regulaciones. Jesús nunca invitó a la gente a tener una relación cercana con su Padre de esa manera, tampoco deberíamos hacerlo nosotros. Pero, de la misma manera, nosotros no debemos manejar estos momentos sacramentales como si fueran solamente eventos culturales o reuniones agradables que conllevan pocas o no consecuencias para los participantes.

Yo he estado leyendo el nuevo libro del Padre Ronald Rolheiser titulado “Olvidado entre los lirios”, el cual me ha parecido muy interesante por el mensaje que guarda.

En un capítulo, él reflexiona sobre el dolor que muchos católicos sufren porque algunos de sus parientes y amigos más cercanos y amados ya no comparten la fe o las prácticas religiosas, las cuales fueron anteriormente un vínculo especial de unidad y convicción es su relación.

Muchos padres les dieron un buen ejemplo a sus hijos, como por ejemplo a través de la oración y haciéndola con ellos y trayéndolos a la misa y a las instrucciones de catequización.

Pero en alguna parte a lo largo del camino, sus hijos dejaron de ir a la iglesia, rechazaron sus puntos de vista acerca de la sexualidad y el matrimonio y adoptaron un estilo de vida que parece casi opuesto a lo que sus padres creían y practicaban.
Qué duro debe ser esto para aquellos que querían sólo lo mejor para sus hijos. La evangelización requiere iniciativas sistemáticas y muy energéticas de parte de nuestra iglesia. Pero nunca descarta el potencial del amor, el cual mantiene las relaciones vivas a pesar de los dolores y las decepciones. Como iglesia nosotros debemos ser más cordiales con los distanciados y los no reconciliados. Nosotros tenemos que proveer oportunidades a los parroquianos adultos para que sigan creciendo en la fe, haciendo nuestra parte sin confiarnos en que los pastores o los ministerios pastorales lo hagan todo.

Tenemos que parar de socavar los buenos trabajos y el nombre de nuestra iglesia a través de todas las críticas negativas y quejas insignificantes, tan típicas en la sociedad de hoy, pero tan perjudiciales dentro de nuestros hogares y al alcance de jóvenes impresionables.

Nosotros debemos continuar amando aun cuando parezca que no hay amor en retorno.

Estas reflexiones iluminan el fin de año y espero que todos se unan a la iglesia en esta época en la que esperamos la venida del Salvador. Ojalá la comunidad hispana disfrute de su Navidad y celebre las tradicionales “Posadas” que son un legado de su cultura y sobre todo, recuerdan el camino de María y José hacia Belén.

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