Edición Impresa: 01/23/2006

Reflexionemos sobre las vocaciones sacerdotales

Al principio del mes celebramos la fiesta del Bautismo del Señor. En los últimos años, esta fiesta se ha convertido en una fecha de iniciación y preparación para la Semana Nacional de toma de Conciencia de las Vocaciones. Yo estoy esperanzado en que en nuestra Arquidiócesis, la conciencia sobre las vocaciones dure más de una semana.

El bautismo es sin duda alguna, nuestro primer llamado vocacional al discipulado. Nosotros sabemos que el Señor llama a muchos de sus discípulos a un compromiso aun más grande con la misión evangelizadora de la iglesia a través del ministerio de la ordenación y la vida consagrada. Aquí en la Arquidiócesis de Portland nosotros oramos para que aquellos que sean llamados puedan responder al llamado de sus corazones.

Nuestras comunidades religiosas trabajan duro en la promoción de las vocaciones y la forma de reclutar nuevos candidatos en sus comunidades. Yo los elogio a ellos por estos esfuerzos y oro para que Dios aumente su número. Ha habido maravillosos colegas en la misión evangelizadora de la iglesia, aquí en el occidente de Oregón por más de 160 años.

Pero el obispo tiene una responsabilidad particular y es la de incentivar el ministerio de la ordenación sacerdotal, como para el diaconado, como para el reclutamiento de candidatos para estos oficios de la iglesia. El número de nuestros diáconos continúa aumentando, por lo cual estoy muy agradecido. Pero el número de nuestros sacerdotes ha venido decayendo en los últimos tiempos y esto es una preocupació para nuestra diócesis.

El número de seminaristas en esta Arquidiócesis, ha alcanzado más del doble desde mi llegada a este arzobispado hace 8 años. Eventualmente, esto va a resultar en un incremento en el número de sacerdotes disponibles para los deberes pastorales. Pero uno no puede estar muy seguro, pues la cultura secular desanima este compromiso e incluso el matrimonio. El compromiso de una vida casta y célibe parece irreal cuando vivimos un mundo que está enloquecido por el sexo. Además, el escándalo de los abusos sexuales contra los niños ha empeorado las cosas y ha creado mucho escepticismo.

Concilio Vaticano II

Ya han pasado cuarenta años desde que se cerró el Concilio Vaticano Segundo en 1965. En esa época, había más de 59.000 sacerdotes sirviendo a las personas católicas de los Estados Unidos. El año pasado eran menos de 43.000 haciendo el mismo trabajo, con una población católica que ha aumentado de 45.6 millones a 64.8 millones. Una gran preocupación es el hecho de que el número de ordenaciones de sacerdotes se ha disminuido de 994 en esa época a 454, con respecto al año pasado.

La práctica de la fe ha cambiado significativamente entre los católicos. En 1965 el 67% de los católicos adultos de los Estados Unidos dijeron que habían atendido a misa en los últimos siete días. En 2004 sólo el 45% reconocieron lo mismo. Y una encuesta produjo incluso resultados más desoladores al reportar que sólo el 32% de los católicos atienden a la misa una vez a la semana o más, en la actualidad. Es por eso que si la participación en la vida sacramental de la iglesia disminuye, no es una sorpresa saber que quienes reciben el sacramento de la ordenación sacerdotal, también es menor.

Al mismo tiempo, el número total de sacerdotes que trabaja en el mundo ha permanecido igual. En 1970 las cifras indicaban que había 420.000 sacerdotes en el mundo. Ahora hay 405.000 sacerdotes. Esta última cifra ha permanecido idéntica desde 1975. Algunas veces nos preguntamos el porqué el Vaticano vé la situación con otra óptica con respecto a los Estados Unidos. El análisis global de esta fase particular de la vida católica, sugiere que hay una perspectiva muy diferente con respecto a la nuestra.

Actualmente, nuestros seminaristas estudian en el Seminario de Monte ángel, el Colegio Norteamericano Pontifical en Roma, la Escuela de Teología del Sagrado Corazón en Wisconsin, el Seminario del Obispo en Spokane y el Seminario de Nuestra Señora de Guadalupe, en cuidad de México. La mayoría de ellos están en Monte ángel, que es el segundo seminario más grande de los Estados Unidos.

Todos nosotros debemos intensificar nuestra conciencia con respecto a la necesidad de nuevas vocaciones sacerdotales. Su apoyo y sus oraciones por aquellos que han sido llamados son esenciales. Pero aun más importante es el ejemplo del ser cristiano que nosotros demos a la gente joven. Si no tenemos madurez emocional y nuestra vida de fe es superficial, es poco probable que seamos la tierra fértil, donde crecería la semilla de las vocaciones.

Nuestro llamado bautismal no sólo nos invita a compartir la buena nueva, sino también a rechazar el pecado y ser fieles al Evangelio. Si los discípulos cristianos quieren que los otros sean conscientes de su vocación, ellos deben ser conscientes de la propia. En este tiempo de gran necesidad, esperamos que el Señor escuche nuestras oraciones e incentive a la gente joven a comprometer sus vidas al servicio de la iglesia.

Epifanía llama a pensar en los emigrantes

A comienzos de este año, nosotros celebramos el Aniversario XXV de la Semana Nacional de la Emigración. El tema de la observación este año fue: “La Jornada de la Justicia”, una jornada que todos estamos invitados a hacer en solidaridad con los emigrantes, inmigrantes, refugiados, víctimas del tráfico humano y otras personas que están en la búsqueda de la paz y la justicia. Este llamado a la solidaridad con las personas nómadas, que van de un lugar a otro, se necesita ahora más que nunca.

El propósito de la Semana Nacional de la Emigración es la de promover el entendimiento multicultural, la toma de conciencia en los asuntos de los emigrantes y los refugiados y el animar a las instituciones e individuos a extender su bienvenida a los recién llegados. Con el enfoque de nuestra Arquidiócesis en la evangelización multicultural, ¿cómo no estar interesados en tal esfuerzo?

Hay más de 30 millones de personas refugiadas y desplazadas en todo el mundo. Muchos de ellos son hombres, mujeres y niños desesperados huyendo de la muerte y de la destrucción, así como las personas de la Costa del Golfo. Nosotros no tenemos ni idea de las experiencias de estas personas, de sus sufrimientos, pero sí podemos y hemos respondido en forma humanitaria para darles la bienvenida a esta nación. Hay, desafortunadamente, un sentimiento oculto de descontento acerca del tipo de hospitalidad que se les debería ofrecer a los refugiados.

Hace más de tres años los obispos de México y los Estados Unidos en conjunto expidieron una carta pastoral titulada: “Ya no Extraños, Juntos en una Jornada de Esperanza”, basada en los principios de enseñanza social católica, ésta carta establecía:

1) Las personas tienen el derecho a encontrar oportunidades económicas, políticas y sociales en su tierra natal.

2) Las personas tienen el derecho a emigrar para sostenerse a sí mismos y a sus familias.

3) Las naciones soberanas tienen el derecho de proteger sus fronteras.

4) A los refugiados y a los que buscan asilo se les debería permitir la protección por parte de la comunidad internacional.

5) La dignidad humana y los derechos humanos de los emigrantes deberían ser respetados.

Nosotros sabemos que muchos de los inmigrantes que han llegado a Oregón, ha venido buscando una vida mejor para sí mismos y sus familias. Aún ellos se enfrentan a la discriminación y la explotación. Este es el por qué, más que nunca, del llamado que estamos haciendo por la solidaridad en esta Semana Nacional de la Emigración.

Como los obispos escribieron: ”Desde su fundación hasta el presente, los Estados Unidos siguen siendo una nación de inmigrantes basada en la creencia firme de que los recién llegados ofrecen nueva energía, esperanza y diversidad cultural. Nuestra fe común en Cristo Jesús, nos mueve a buscar caminos que favorezcan un espíritu de solidaridad. Esta fe trasciende las fronteras y nos motiva a superar toda forma de discriminación y violencia, de forma que podamos construir relaciones que sean justas y hospitalarias”.

Durante el mes de octubre, 37 organizaciones religiosas del país, con la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos, hicieron un llamado para una reforma amplia a la inmigración que “establezca un sistema seguro y humano de inmigración”, basado en nuestras tradiciones de fe para dar la bienvenida a los inmigrantes.

Desafortunadamente sin bases de apoyo a esta iniciativa, es imposible pensar que va a llegar a ser aceptada en todo el país, sobre todo con la atmósfera actual. Por lo tanto, es importante que nosotros nos mantengamos enterados y alerta en el tema relacionado con los inmigrantes y sus problemas, además de las normas actuales.

Es mi esperanza que nuestras parroquias sean capaces de participar en un proceso educativo acerca de la inmigración y apoyen cualquier iniciativa encaminada a lograr el cambio.

La necesidad de una reforma es subrayada por el hecho de que durante la última década nuestro Congreso ha promulgado, una tras otra, medidas de control de inmigración severas y excesivamente punitivas, pero los problemas de nuestro sistema de inmigración continúan creciendo.

Se deben considerar seriamente temas como el Acto sobre la Seguridad de América y la Inmigración Ordenada, el cual ha sido presentado ante el Senado de los Estados Unidos. Muchas de las provisiones en esta ley están de acuerdo con las prioridades de la ley de inmigración de nuestros obispos. Ellas incluyen: Un programa temporal de trabajo que le permitiría a los trabajadores nacidos en el exterior entrar en los Estados Unidos y trabajar de una forma segura, organizada y legal.

Permitirle a los trabajadores indocumentados que actualmente trabajan en los Estados Unidos y que contribuyen a nuestra sociedad, la oportunidad de ganar la residencia permanente con el paso del tiempo. (Esto estabilizaría nuestra fuerza de trabajo y permitiría a los que hacen cumplir la ley, el dirigir sus recursos en capturar y procesar a los contrabandistas, traficantes de personas y terroristas).

Una reducción en la demora tan larga para la reunificación de las familias para los miembros inmediatos de la misma, incluyendo esposos/as e hijos, y el fortalecimiento del cumplimiento de las leyes de inmigración de la nación, de tal forma que no haya lugar para violar la dignidad humana básica.

Hay mucho que aprender y mucho que hacer. Este proyecto nos involucra a todos, sobre todo en una jornada de esperanza, que va a garatizar justicia para los inmigrantes. Después de todo, los refugiados y los inmigrantes son una compañía para todos nosotros y aportan su cultura y sus valores a nuestra sociedad.

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