
Queridos Lectores:
Este es el segundo mes del año y muchos pensamos que estamos empezando el año 2006. Pensamos que tenemos este año y todos los que vienen por delante. Yo también lo he pensado. Pero dos eventos: uno en mi familia y otro, en la familia de una amiga cercana, me han puesto a pensar en todo lo contrario.
Se trata de la pérdida de un miembro de la familia. De la muerte inesperada de alguien que queremos y que pensamos que estará con nosotros por mucho tiempo. Y, este hecho, tan cercano, que una vez más me llevó a la oración y a la reflexión, me ha puesto a pensar.
Por eso, he decidido escribir mi columna de este mes, sobre el tema de la muerte. Esa realidad que conocemos y que pensamos, que estamos conscientes, pero que cuando se presenta en alguien cercano: nuestro padre, nuestra madre, nuestro tío, nuestro hermano, hermana, un gran amigo, en fin, nos lleva al dolor intenso y a la pregunta del ¿por qué?
Y tratando de responder a esta pregunta, es bueno cuestionarnos hasta dónde somos conscientes de la realidad que representa la muerte en nuestras vidas. También, sería importante preguntarnos: ¿ Cómo vivimos cada día? ¿Cómo nos relacionamos en familia? Cómo interactuamos unos con otros en nuestro trabajo? ¿Si tenemos compasión de las personas que nos rodean? ¿Somos conscientes de nuestros defectos y cómo afectan a nuestros seres queridos?
Por ejemplo, eso de si tenemos compasión con las personas que nos rodean es algo muy importante, pues nos lleva a vivir cada día o cada minuto, como si se tratara del último y pienso que esa es la mejor forma de hacerlo. Más si somos católicos y queremos dar realmente testimonio de esto, en nuestras vidas. No se trata sólo de ir a misa y ya. No. Se trata de la forma como vivimos en nuestra cotidianidad, con el esposo, la esposa, los hijos. En fin nuestra vida en el hogar.
La pérdida de un ser querido y en este caso que se encuentra tan lejos, siempre nos lleva a preguntarnos ¿cómo fue esa última vez que lo vimos? ¿Fuimos felices? ¿Cómo nos despedimos esa última vez? ¿Qué fue lo que compartimos en el último encuentro? Esta lista de preguntas podría ser mucho más larga, pero el punto es que nos lleva a reflexionar sobre cómo vivimos hoy nuestra relación con quienes forman parte de nuestras vidas. Ya sea en nuestro país o aquí, hasta donde hemos venido para iniciar una nueva etapa de nuestra vida.
La muerte en sí, es tan cierta, tan real, que a veces nos atemoriza. Nos llena de dudas. Y cuando la he enfrentado personalmente en la pérdida de un ser querido, me lleva a refugiarme mucho más en la oración y obviamente, a pensar detenidamente quienes forman parte de mi vida y no quiero perder. Es ahí donde está el significado de nuestra vida y hasta dónde llega la valoración real que tenemos del “otro”. Ya sea el esposo, la esposa, los hijos, los sobrinos, las cuñadas, los tíos, tías, primos, etc. Siempre hago un repaso mental de quienes viven y lo que significan para mí.
Greg Hadley, un amigo muy cercano, me dio una gran lección cuando compartíamos este tema de la muerte hace unos días. El es una persona muy espiritual. Es católico y adora a su esposa. Y hablando en una comida de amigos, me dijo que un sacerdote en su parroquia le había dicho: “Deberíamos tratar a cada persona, como si supiéramos que éste será el último de sus días”. Y si nos quedamos pensando en esta frase que encierra tanta sabiduría, veremos que es la forma correcta de vivir cada momento, para darle el valor que merece.
Por eso, este mes, quise compartir con mis lectores esta experiencia personal y lo que he aprendido, con el fin de enviar un mensaje que nos lleve a vivir mejor cada momento de nuestras vidas, con quienes realmente tienen valor.
Yo pienso que el tiempo que tenemos es muy corto. Que no sabemos cuando nos iremos y cómo, por eso “debemos estar preparados” como dice la Biblia, “pues no sabemos ni el día, ni la hora”. Y si no lo sabemos, es mejor no contar con que tendremos mucho tiempo, pues a lo mejor es lo contrario.
Vivamos cada momento en armonía, honestidad, compasión, brindando alegría, apoyándonos, siendo mejores cada día, pues de esa forma iremos preparando el camino para nuestro último día y por qué no, para tener el corazón tranquilo, en caso de perder en el camino a uno de nuestros seres queridos.
La muerte está ahí. Es una realidad. No lo olvidemos, porque si lo olvidamos, nos puede sorprender y a lo mejor será demasiado tarde para hacer todo lo que queremos en nuestra vida.