Edición Impresa: 04/24/2006

Una reflexión sobre la Pasión de Jesucristo

Durante la primera semana de Cuaresma, yo tuve el privilegio de hacer un retiro con algunos de mis hermanos obispos, bajo la dirección del Padre Raniero Cantalamessa, OFM, Cap., predicador del hogar Papal. Él nos ofreció varias meditaciones que nos sirvieron para nuestras oraciones y reflexiones. Una de las meditaciones que realmente me llegó al alma, fue la que se refirió a la Pasión de Cristo Jesús.

Si vemos algo particular, los cuatro autores de los evangelios cuentan la historia de la Pasión, pero cada uno en forma particular, diría en una forma muy personal. Todos comparten sus recuerdos sobre la última Cena de Jesús con sus discípulos, su arresto en el Jardín de los Olivos, su interrogatorio ante los líderes de la gente, el juicio ante Pilatos y finalmente, los momentos inolvidables de la Crucifixión del Señor, su Muerte y su sepultura.

Desde los primeros días de la iglesia, los cristianos se reunirían para recordar la historia de la muerte de Jesús y también para buscar algún conocimiento relacionado con la muerte a la luz de la Resurrección. Ellos igualmente consideraban las escrituras del Antiguo Testamento, las cuales han servido como un telón de fondo para el Misterio Pascual.

A medida que ellos investigaban los sufrimientos del Señor, su Muerte y Resurrección, ellos estaban tratando de comprender sus propias experiencias en torno al sufrimiento y a la muerte.
El primer relato de la Pasión viene de Marcos. Su narrativa probablemente fue desarrollada en un ambiente de adoración, algo muy semejante a nuestras reuniones litúrgicas durante el Triduo Pascual, al final de la Semana Santa.

El misterio de la Pascua, la Pasión del Señor, la Muerte y la Resurrección eran un elemento central de la fe en los comienzos de la iglesia, ya que todas las historias de los evangelios se inician con la historia de la Pasión de Jesús. Gradualmente bajo la inspiración del Espíritu Santo, los autores sagrados desarrollaron un evangelio, que fue la base que dio a los primeros cristianos una apreciación mayor de cómo Jesús preparó a sus amigos, con sus enseñanzas y el ministerio, para este momento que narra la salvación en la historia.

Es interesante ver que aun cuando las historias de la Pasión son tan importantes para nuestra fe, nosotros sólo las compartimos durante las celebraciones litúrgicas que se realizan una vez al año, dentro de la Semana Santa.

Nosotros estamos familiarizados con el recorrido de la cruz en las catorce estaciones, que representan la jornada del Señor el último día de su vida desde su arresto hasta su entierro. El Padre Cantalamessa nos ofreció a los que estábamos en el retiro, algunas reflexiones sobre “tres estaciones” que reflejan suscintamente y en forma hermosa, la forma como Jesús murió.

La Primera Estación llama la atención sobre la pasión interior de Jesús, algo que la famosa película de Mel Gibson presentada hace dos años, no tenía. Aquella película y otras expresiones del arte cristiano se centran en los sufrimientos físicos que sufrió Jesús por nosotros. Pero la pasión no fue solamente física, sino que también fue emocional y espiritual.

Una segunda estación se desarrolla a medida que Jesús es mantenido como prisionero en el pretorio ante los líderes del pueblo y Poncio Pilatos, el gobernador romano. Todos nosotros apreciamos nuestra libertad. Igualmente lo hizo el Señor. Pero Cristo Jesús, el nuevo Adán, confrontado con la humillación del arresto y del castigo, da su libertad al Padre y para darnos la salvación él fue privado de cualquier alternativa. Al hacer esto, Él hizo posible que usted y yo pudiéramos disfrutar de tantas experiencias de libertad, no sólo como ciudadanos de esta gran nación, sino como hijos de Dios. No tomemos nuestra libertad ligeramente. Esta fue asegurada por la renuncia del Señor a su propia libertad en el día final de su vida.

Finalmente, la tercera estación nos lleva a la colina del Calvario. El quejumbroso grito de Cristo colgado en esa cruz, el cual resuena a través del mundo cristiano cada Viernes Santo. “¿Mi Dios, mi Dios porqué me has abandonado?, Cristo Jesús, el Hijo de Dios, el Salvador del mundo, se sintió solitario en su dolor, sin la mano de Dios. En esas horas de muerte, su Padre del cielo simplemente estaba distante.

Es asombroso pensar que el Hijo de Dios soportó tanto sufrimiento. Pero también hubo victoria en el Calvario. La victoria fue reflejada en las palabras de Jesús cuando Él le dijo al Padre: “Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu”. A pesar de sentirse privado de la presencia de su Padre, Él todavía confiaba en Él. Yo los invito a confiar en él en esta Semana Santa y no sólo estos días, sino cada día de nuestra vida.

A medida que reflexionamos sobre la Pasión de Jesús en estos últimos días de la Cuaresma, es importante recordar el porqué pasó todo esto. Y la respuesta es simple: esto pasó por nosotros, por usted y por mí. Dios amó tanto al mundo que envió a su único Hijo a salvarnos de nuestras necedades. No hay más amor que el del hombre que da la vida por sus amigos.

Mientras que nos acercamos a la Semana Santa de este año, debemos hacerlo con una conciencia mayor del favor divino que nos ha sido mostrado en el misterio pascual y con una confianza inagotable en el cuidado providencial de un Padre amoroso que algunas veces, puede parecer lejano, pero que no nos abandona, sobre todo en las horas de oscuridad.

¿Buscando a Dios? Libere su corazón
La gente regularmente llega a nuestras iglesias esperando encontrar una experiencia real con Dios y los ministros pastorales tratan de que esta experiencia ocurra.

Nuestra gente ha construido iglesias preciosas. Los músicos brindan melodías esplendidas de alabanza. Las homilías tratan de dar el mensaje correcto e inspirar a la oración. Todos nosotros, nos reunimos para alabar a Dios y tratamos de crear una conciencia en torno al valor de lo sagrado, que no se parece en nada a las reuniones cotidianas.

Al iniciar la Cuaresma, a lo largo de la Arquidiócesis tenemos seis Ritos de Elección diferentes, donde todos estos esfuerzos fueron asumidos por la gente de la iglesia. Pero no todos tuvieron una experiencia cercana con Dios durante estos servicios.

Cuando nosotros hablamos de tener una experiencia con Dios, estamos hablando de los “sentimientos”. Cuando los tiempos son difíciles, nosotros estamos buscando un estímulo para nuestros espíritus tristes. Aún nosotros tenemos que reconocer que en la mismas circunstancias, alguna gente experimenta la presencia de Dios y otras no. Debe haber una diferencia que va más allá de lo externo y toca el corazón de cada persona individualmente.

La verdad es que Dios está más allá de nosotros. Quizás nosotros somos muy audaces al buscar el conocimiento de Dios con base en experiencias. Al fin y al cabo, él es infinitamente diferente a nosotros y permanece en el absoluto misterio. Y sólo porque nos hemos sentido mal, eso no significa que Dios está ausente y por el contrario, el sentirse bien, es una señal de que Dios está presente. Después de todo, algunas personas se sienten muy bien luego de haberse dado gusto con una excelente comida, bebida, sexo y aún violencia. Uno difícilmente debería esperar encontrar a Dios en la casa bajo estas circunstancias.

Ciertamente es entendible que nosotros buscamos tener una experiencia directa de la presencia de Dios en nuestras vidas. Pero posiblemente lo estamos haciendo en una forma incorrecta, pues muchos buscamos esa experiencia espiritual fuera de nosotros y en los estímulos externos.

Esta época de Cuaresma ha sido un tiempo en el cual nosotros estamos tratando de dejar a un lado muchas cosas de nuestro diario vivir, con el fin de preparar un lugar en nuestras vidas para estar cerca de Dios. Nosotros tenemos que dejar a un lado las cosas que en nuestra vida evitan que abramos nuestro corazón a la presencia viva y amorosa de nuestro Dios.
Ese espacio es el motivo que guía nuestros días de Cuaresma y que nos hace vivir cada día de la Pascua. Esta es nuestra tarea para toda la vida y la buena noticia será el estar cerca de un Dios dulce y lleno de gracia que nos invita a una relación íntima con él, como las de dos personas que se enamoran.

Estamos orgullosos de nuestros cardenales

Mi compañero de seminario, William Levada, ha sido nombrado cardenal en Roma. La jornada de la vida está siempre llena de sorpresas. Cuando fuimos ordenados sacerdotes, 54 seminaristas el 20 de diciembre de 1961, no nos imaginábamos que uno de nuestro grupo un día sería un cardenal y que serviría tan de cerca al Santo Padre, como lo está haciendo en estos momentos el Cardenal Levada.

Sus responsabilidades en Roma como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe son impresionantes. Él fue el primero en la línea de los nuevos cardenales en recibir el birrete rojo de manos del Papa, el pasado 24 de marzo en el Consistorio. Esto es sólo adecuado, porque el Cardenal Levada es el primero en línea cuando se trata de ayudar al Santo Padre en su importante responsabilidad como maestro, a cargo de la fe de los católicos alrededor del mundo.

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