
Queridos Lectores:
Las experiencias que enriquecen las páginas de El Centinela no se detienen. Eso es lo mejor, porque de esta manera podemos llegar a nuestros lectores con nuevos artículos y sobre todo, una perspectiva diferente para seguir viviendo en este país.
Hace un mes, el tema de los medios de comunicación era el de los inmigrantes y los “ilegales”. Hoy, sigue siendo tema de los periódicos y noticieros del país.
El Centinela publica varios informes en esta edición dedicados a este tema, como la visita del presidente de México Vicente Fox al estado de Washington, tan cercano a Oregón, en momentos en que el debate migratorio seguía candente.
Es interesante que el presidente mexicano estuvo tan cerca de los predios de nuestro estado de Oregón, a donde llegan miles de inmigrantes mexicanos sobre todo en esta época del año, para trabajar en el campo y ganarse un salario.
Pero la visita del presidente de alguna manera muestra el interés por sus connacionales y su postura frente al debate sobre una ley justa que proteja a los inmigrantes mexicanos, pues indudablemente son la mayoría en este país.
Y ese interés debe salir a la luz, como mandatario de un país que nutre con su mano de obra a los Estados Unidos. Es interesante, pues se vé una contradicción en torno al tema migratorio. La contradicción que surge está relacionada con las condiciones necesarias para sacar a una familia adelante y permanecer en México o en el país de orígen del que podamos hablar. Pues la mayoría de los inmigrantes dejan todo atrás, para venir a trabajar y sacar a sus hijos adelante. Por eso, en una de sus entrevistas con los canales de noticias norteamericanos, Vicente Fox fue interrogado acerca de las garantías que su país ofrece a los connacionales y sobre todo, si hay trabajo para ayudarlos a seguir adelante con un futuro en su país. La pregunta fue si su gobierno alienta la migración ilegal hacia los Estados Unidos.
Su respuesta fue: “No, niego eso. Eso no es verdad. Por el contrario, trabajamos para construir oportunidades en México”.
Con respecto al tema de la frontera dijo: “Trabajamos todos los días para hacer la frontera más segura, para asegurarnos de que se cumplan las leyes y estamos llevando a cabo las mismas acciones en la frontera sur”.
Yo me pregunto: ¿qué tipo de acciones? Pues en una visita a uno de los campamentos de trabajadores del campo en Hillsboro, pude observar que están llegando cientos de inmigrantes para trabajar en la recolección de las cosechas que son tan propias del verano.
Hablando con los trabajadores, uno realmente se da cuenta de la realidad. Llegan sin nada, con el aliciente de ganar un dinero y trabajar. Llegan eso sí, después de exponerse a los peligros de la frontera, muchos han pagado los 5 mil dólares que cuesta un coyote y en otros casos, si se viene de Centroamérica, ya han pagado los 7 u 8 mil dólares. Ese dinero lo deben y tienen que trabajar para pagarlo.
La otra parte de la historia, muestra un campamento lleno de hombres, de todas las edades, jóvenes y adultos, hasta mayores de edad. Sus familias se han quedado en sus sitios de orígen. Por eso, se les vé tristes y pensativos. Muchos no quieren ni siquiera hablar.
Pero siguen llegando. Los inmigrantes siguen cruzando la frontera, para ganar un dinero y volver a su casa. Algunos, que no han corrido con suerte, han muerto al pasar la frontera. El año pasado, por esta época, la Patrulla Fronteriza encontró 230 cadáveres de mexicanos muertos por insolación. Muchos mueren por la falta de una gota de agua y pasan meses antes de que sus familiares se enteren o tengan la fortuna de recuperar sus cuerpos.
Si se analiza esto, uno piensa en el valor de la visita del presidente Vicente Fox. Pues la realidad no ha cambiado, y a lo mejor su visita es sólo parte de una agenda diplomática.
Una visita a estos campamentos donde viven los campesinos inmigrantes, es una experiencia que nos lleva a pensar qué podemos hacer. También nos lleva a valorar las marchas de inmigrantes que han sido noticia, pues gracias a este movimiento nacional, se pide justicia.
Los trabajadores del campo, son realmente las víctimas de una realidad. En México, son víctimas de un país que no les da trabajo y les niega una seguridad social. Y llegando a los Estados Unidos, después de exponer sus vidas, son “ilegales”. Palabra que los convierte en víctimas, del gobierno de este país, que no los reconoce; del patrón que sólo les paga unos centavos por su trabajo; de quienes los hospedan, porque tienen que vivir hacinados y mucho más.
Es triste ver, cómo se subvalora su mano de obra. Estos campesinos que están llegando, trabajan en la mayoría de los casos, recogiendo las frutas como la fresa. Ellos trabajan de rodillas, bajo el inclemente sol y reciben sólo 14 centavos de dólar por cada libra de fresa que recogen. ¿Cuántas libras de fresas tienen que recoger para ganarse un dólar? Esa es la pregunta. Por eso, se les vé tristes. Por eso, estos hombres no quieren hablar. Por eso, ni siquiera levantan la mirada. Y mientras ellos están aquí, tratando de ganarse un salario con el sudor de su frente, se sigue discutiendo su legalidad, en un debate interminable.
El otro aspecto triste, es que son los mismos mexicanos los que están en contra de quienes llegan a trabajar, de sus propios paisanos.
En Arizona, cuando ni siquiera se había dado paso a la orden del Congreso de los Estados Unidos para la construcción del muro, ya este muro se estaba construyendo en la frontera. ¿Y quiénes trabajaban en el muro? Pues los mexicanos. Sí, frente a la ciudad conocida con el nombre Douglas, un grupo de albañiles mexicanos concluyeron la ampliación de la valla de seguridad de 18 kilómetros que divide parte de la frontera.
Según las últimas noticias, para el primero de agosto, se espera que 6 mil hombres de la Guardia Nacional, hayan llegado a la frontera para reforzar los patrullajes y sobre todo, terminar de contruir el muro, que evitará el paso de mexicanos.
El tema migratorio sigue sobre la mesa. La necesidad de los inmigrantes también y quienes ya pasaron, no pueden regresar porque la seguridad está cada vez más severa.
Pero los mexicanos siguen pasando. Y no sólo ellos, pues los centroamericanos también siguen cruzando. ¿Por qué? Porque en nuestros países no hay trabajo y hay que sacar a la familia adelante. La historia seguirá registrando la división de las familias y la necesidad de quienes ya están trabajando aquí.
Nosotros, como católicos y como inmigrantes también, debemos seguir de cerca esta realidad. No podemos cerrar los ojos, porque tiene que ver con nuestros hermanos. Con esas personas con quienes vamos a la iglesia. Tiene que ver con alguien de nuestra familia también y no podemos seguir la vida como si esto no estuviera pasando. Ojalá que quienes analizan las leyes, vieran lo que nosotros hemos visto en los campamentos de inmigrantes para llegar a entender esa ‘realidad’ que está ahí, pero que muchas veces no se deja ver.