
Hace exactamente 19 años, el 19 de mayo que fui nombrado Obispo Diocesano en una fecha memorable que hoy recuerdo con gran alegría.
Cuando me detengo a pensar en el pasado y especialmente en ese día, no puedo hacer nada para evitar la entretenida imagen de una oveja que es conducida hacia el matadero.
En ese momento, no me había dado cuenta de que el ministerio pastoral, para mí incluía una larga permanencia en aguas tormentosas y poco familiares, y que esto era lo que me depararía el destino. Me refiero a los litigios que han surgido por las numerosas demandas de abuso sexual por parte del clero. La jornada continúa y el “barco” se mueve implacablemente hacia adelante y muchos de los pasajeros, incluyéndome a mí, con frecuencia nos sentimos mareados.
En mi diócesis anterior, las demandas habían sido presentadas también por los casos de abuso sexual de niños por parte del clero. Confrontado ante esta horripilante realidad y sin credibilidad ante las reclamaciones, otras personas y yo hicimos lo que mejor pudimos para compensar justamente a las víctimas, mientras tratábamos de ser fieles a nuestra misión de evangelización como comunidad de fe.
Todos tenían consejeros, incluyendo los sicólogos, los portadores de seguros, los abogados y los parroquianos, pero no había un manual para guiar al capitán y a la tripulación en cuanto al mejor camino que debíamos seguir.
Poco a poco y con la ayuda de algunos sabios consultores y con la gracia de Dios, nosotros logramos trabajar y seguir adelante enfrentando todo tipo de confrontaciones, retos y situaciones profundamente angustiosas.
Las demandas por compensación e indemnización en ese entonces eran excesivas al igual que lo son hoy. Pero nadie sabía con exactitud el valor de tales demandas.
Personalmente yo estoy muy agradecido con aquellos que me ayudaron pacientemente y con perseverancia, para buscar la verdad y trabajar por la justicia de todos los involucrados.
La “liberación” vino en octubre de 1997 cuando fui nombrado como el décimo Arzobispo de Portland. Durante dos años, ningún caso similar llegó hasta mi escritorio. Pero esa paz, se rompió abruptamente a principios del 2000 cuando 25 demandas aparecieron y cobraron la atención pública, alegando abuso por parte de algunos de nuestros sacerdotes en décadas pasadas. Los hechos que se dieron a conocer se remontaban a los años 1950.
Esto fue un evento que tuvo gran relevancia en los medios de comunicación de Oregón y nosotros fuimos postrados de rodillas tanto en términos de las demandas financieras y las no monetarias. Yo pedí perdón. Nosotros oramos y toda la normatividad fue revisada y mejorada. Incluso hubo una aclamación pública por parte del periódico Oregonian por la forma como manejamos el asunto. Pero esto era sólo el principio, ciertamente no iba a tener un final feliz.
Con el paso de los años, las demandas han ido aumentando. Tantas que eventualmente nosotros alcanzamos el punto en el que ya no éramos capaces de atender a las demandas. Los agentes de seguros nos abandonaron en medio de la crisis, lo que hizo más difícil para nosotros este proceso.
Los medios de comunicación, tanto seculares como católicos se volvieron altamente críticos. Mucha de nuestra propia gente se desahogó y dejó ver todas sus frustraciones y su rabia. Algunos incluso optaron por irse.
Yo con frecuencia me he visto enfrentando las quejas de los parroquianos y he sido reprendido por ellos. Afortunadamente todavía recuerdo los tiempos de antaño cuando no era obispo y por lo tanto mi misión no era una pesadilla.
Los expertos, tanto seculares como católicos, continúan señalando las incapacidades de aquellos que servimos a la iglesia como obispos.
Yo recibí la copia de algunos artículos que me hicieron preguntarme. ¿He sido embaucado? ¿Hemos sido nosotros como iglesia injustamente puestos en vergüenza pública? Como mis hermanos sacerdotes, yo no respondí el llamado al ordenamiento porque yo quería dañar o quería ofender a la gente. Porque yo soy débil y pecador, ciertamente tengo esa capacidad. Como consecuencia yo trato de ser sensible ante quienes traen sus demandas contra la iglesia y he querido tratarlos con compasión y justicia, mientras que al mismo tiempo hago lo mejor por mantener alguna estabilidad en la vida del resto de personas, que son los miembros de esta iglesia.
Los artículos fueron escritos por un arzobispo católico, un abogado y un laico católico padre de cuatro, todos de Colorado. Los artículos fueron inducidos por las luchas legales en ese estado para eliminar o lograr revisar los estatutos de limitaciones que gobiernan las demandas concernientes al abuso sexual de menores.
Tales cambios ya ocurrieron aquí en Oregón en los noventas. Ellos nos han llevado a nuestro enigma actual. Los estatutos criminales no pueden ser enmendados y ser aplicados a las acciones pasadas, pero esto no es cierto para las normas civiles, las cuales le permite a las instituciones, tales como nuestra iglesia, ser demandadas por crímenes ocurridos en un pasado distante, los cuales involucran a personas que ya no estan vivas y retan la memoria de las personas y la probabilidad de un descubrimiento adecuado para resolver las demandas justamente.
Legislaciones similares han sido aniquiladas en Nueva York, Iowa y Mississippi. Como ha sido el caso del estado de Oregón, ha sido lo mismo en estos estados donde los grupos de víctimas y abogados de los demandantes fueron los que buscaron los cambios.
Los legisladores que son persuadidos por estos grupos típicamente se protegen a sí mismos y a las instituciones públicas a las cuales sirven. Por lo tanto, ¿el abuso de un niño en una escuela pública no satisface la misma ‘justicia’ que ahora toma controlcuando la victimización ocurre en una escuela católica? ¿Puede ser esto justo?
Aquí en la Arquidiócesis, los costos en que muchos hemos incurrido son increíblemente altos y amenazan la efectividad de nuestro trabajo al servicio del Evangelio.
Nosotros nunca podemos olvidar que gente inocente fue herida en el pasado por algunos de nuestros sacerdotes, quienes cometieron crímenes terribles.
Afortunadamente muchas de las víctimas están recuperándose. Pero la sanación no ocurrió por causa del dinero. No se dejen engañar. Ciertamente la compensación es un derecho de las víctimas. Pero las malas leyes que inflingen la penalización sólo en algunos casos, en vez de tener en cuenta a todos, no puede promover la justicia.
En la actualidad, si algo malo se dice en contra de la iglesia, se toma como si fuera algo verdadero y ésta no es sólo la reacción de los no católicos. Muchos de nuestros hermanos católicos han tenido sus mentes y sus corazones envenenados en contra de nuestra iglesia.
Yo estoy cansado de las personas que se lavan las manos con repecto a este complejo caso y buscan que se les asegure que sus contribuciones no se usarán para compensar víctimas o pagar los abogados.
Mis amigos, nosotros somos los que hemos sido demandados. Nosotros somos los que hemos recompensado a las víctimas y pagamos a los abogados. ¿Quién más es responsable?
Cuando nuestra situación actual de litigios y bancarrota finalmente se termine, habrá muchos más aspectos pertinentes a la justicia que necesitan ser estudiados. Ésta ciertamente no ha sido una buena experiencia para ninguno de nosotros, pero deberá ser y con suerte será, una experiencia de aprendizaje para todos.
Nosotros estamos haciendo las cosas mucho mejor en nuestros esfuerzos por proteger a los niños y manejar las quejas rápida y justamente. Nosotros hemos tomado este asunto seriamente y le hemos mostrado al mundo qué se necesita hacer, aun cuando no se nos da crédito.
Nosotros tenemos toda la razón para asegurarnos de que nuestros propios derechos de supervivencia sean protegidos ahora y en el futuro.
De pronto, la responsabilidad de aquella tarea descansará sobre los hombros de otro obispo y otros católicos de otra generación.
Con suerte ellos serán mucho más circunspectos de lo que nosotros hemos sido durante esta peligrosa jornada juntos. Gracias a Dios por cuidarnos y por guiarnos. Nosotros no fracasaremos, no por nosotros, sino porque es en Dios, en quien sabiamente colocamos nuestra confianza.