Edición Impresa: 08/04/2006

Una historia que nos lleva a cuestionar si "el sueño americano" existe

Queridos Lectores:

Estamos en verano y parece mentira que este año corre tan rápido. Pero lo importante es que sigan pasando los días y las noticias no se detengan.

En esta oportunidad, como directora de El Centinela, quiero referirme de nuevo al tema de los inmigrantes. Y lo quiero hacer de nuevo, porque parece mentira, que sin importar el lugar donde me encuentre, las historias de los inmigrantes y su situación, siguen siendo tema de conversación.

Por ejemplo, a mi regreso de la ciudad de Nashville, donde participé en la conferencia anual de la Asociación de la Prensa Católica de los Estados Unidos, tuve la oportunidad de compartir una interesante conversacion con una directora de un periódico del sur de Texas. Ella, norteamericana, pero con la sensibilidad de los periodistas que sirven a la comunidad a través de la prensa católica, conversó conmigo acerca de una de las historias que marcó su vida y que precisamente sucedió a finales del mes de mayo, días antes de la conferencia en Tennesse.

Y cuando Paula Goldapp, quien es editora de la publicación, supo que yo dirigía un periódico en español, inmediatamente compartió conmigo una historia que quiero compartir con mis lectores y que será publicada como testimonio en la próxima edición de El Centinela. Es una historia de inmigrantes, que como todas, tiene un transfondo que nos lleva a reflexionar sobre su realidad y sobre el riesgo que muchos hispanos corren en el momento en que deciden venir a vivir a este país, pase lo que pase.

Se trata de una familia de guatemaltecos: madre, padre y dos hijos varones. Radicados en Nueva York desde hace mucho tiempo, a donde llegó la pareja en busca de futuro. Y lo encontraron, pues allí nacieron sus dos hijos y allí encontraron trabajo e iniciaron sus vidas. La familia tenía todo: trabajo, casa, colegio para sus hijos y un porvenir. Pero les faltaba algo muy importante: la familia.

Por eso, la esposa, llevada por la nostalgia y al ver que sus hijos se hacían adolescentes, decidió planear un viaje a visitar a los abuelos y el resto de la familia en Guatemala. Por eso viajaron en avión, sin problemas, porque al ser inmigrante e ilegal no hay problema para salir del país en avión. Los cuatro llegaron a visitar a la familia y pasaron unas semanas con ellos.

Parece ser, que la experiencia por el cambio de cultura, no fue tan grata para los hijos. Ellos extrañaron muchas cosas que tienen en este país e incluso hasta el sabor de la leche, les pareció diferente. A pesar de esto, el sueño de los padres se hizo realidad. Ellos llevaron a sus hijos para que conocieran a su familia y sobre todo, vieran su origen y de dónde venían.

La visita se terminó y como los muchachos son norteamericanos por haber nacido en Nueva York, los padres los enviaron en avión de regreso a casa, mientras que ellos pagaron el precio para contratar un ‘coyote’, que les ayudaría a pasar la frontera, por México, para volar posteriormente a Nueva York. Vale la pena anotar que este recorrido lo hacen miles de inmigrantes centroamericanos cada año.

El cruce de esta pareja sería de nuevo, como ilegales. Con los riesgos que esto implica, pero ellos estaban dispuestos a correrlos, porque ya habían visto a la familia y el propósito del viaje se había cumplido.

De modo que la travesía se inició. Llegaron al desierto, donde caminaron por horas. Día y noche, para esquivar a la Guardia Fronteriza, pero esta vez, el cruce no era tan fácil, como cuando ellos lo hicieron hace más de 10 años. Las dificultades del terreno y los nuevos mecanismos de seguridad, además de los patrullajes hicieron interminable la travesía.

La pareja junto con los otros inmigrantes del grupo, tuvo que caminar millas y millas en el desierto. La esposa se empezó a sentir mal pues no tuvieron ni una gota de agua. Pero el taxi contratado por el ‘coyote’ llegó por fin, al sitio señalado para recoger el grupo. Se inició entonces el recorrido por carretera. Sin parar.

Según el testimonio del esposo, su mujer se empezó a sentir mal y a medida que pasaba el tiempo ella empeoraba. él le dijo al ‘coyote’ que parara el carro. Pero el ‘coyote’ le dijo que no porque la Guardia Fronteriza los podría detener y todos estarían en problemas. Así que prosiguió su camino. La esposa seguía pidiendo ayuda y que detuvieran el carro porque se sentía muy mal. En un momentodado, ella dejó de hablar y posteriormente de respirar. Su esposo, trató de reanimarla y se dio cuenta de que ella había muerto. Ahí, en el carro, en medio de la travesía y lo peor de todo, cuando ya casi estaban en el tramo final del recorrido.

Ante la sorpresa, el dolor y la confusión, el esposo le dijo al ‘coyote’ lo que sucedía. Pero él le respondió que no podían llevarla en el carro porque se trataba de un muerto y esto los pondría en un problema mayor si la policía de carreteras los llegara a detener, como tantas veces sucede, para pedir los papeles de los viajeros.

El hombre decidió entonces, detener el carro y dejar el cuerpo de la mujer a orillas de la carretera. Le dijo al esposo que se subiera para seguir el camino. Pero él no fue capaz de dejar a su mujer en medio del desierto. El dolor de la situación lo mantenía sin saber qué hacer. Pero al final, él decidió quedarse con el cuerpo de la mujer en medio del desierto.

Al final, la patrulla fronteriza los encontró en el sitio donde el ‘coyote’ los dejó. El cuerpo sin vida de la mujer y el esposo, fueron trasladados a una estación de Policía desde donde llamaron a una parroquia del pueblito de Corpus Christi en Texas. Las monjitas de una comunidad religiosa se hicieron cargo del caso, hicieron una recolecta para enviar el cuerpo a Guatemala y organizar el funeral.

El trabajo de la iglesia católica, en casos como éste es vital para ayudar a familias como ésta que viven una tragedia. No sólo se brinda una ayuda económica, sino en la mayoría de los casos, un apoyo moral. La comunidad religiosa se hizo cargo de las donaciones, del funeral y sobre todo, de brindar apoyo sicológico a este padre desesperado por la tragedia.

Así fue que la directora del periódico conoció la historia y decidió publicarla en el periódico católico.

Se sabe que el padre no quiso contarle a sus hijos lo que pasó realmente durante el viaje, pues para él es muy difícil explicar cómo murió su esposa. También lo hizo para no empañar la alegría de la visita a su país de origen y la experiencia positiva con que regresaron del viaje. Por otra parte, las autoridades al ver que no tiene papeles, iniciaron el proceso de deportación, al mismo tiempo que el del envío del cuerpo sin vida de su esposa.

Hoy los jóvenes están en Nueva York, mientras que su padre no sabe cómo va a seguir adelante, sin ellos, pues por su situación legal y los últimos hechos, no puede entrar a los Estados Unidos. Además la muerte de su esposa, tratando de cruzar la frontera, lo ubica entre este grupo de inmigrantes que ha vivido una tragedia en su segundo intento de buscar el “sueño americano”.

Yo me pregunto ante historias como ésta: ¿Existe realmente un sueño americano? Y si existe: ¿Vale la pena arriesgar la vida para alcanzarlo?

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