Edición Impresa: 08/22/2006

Una reflexión sobre el legado de los primero años en nuestra iglesia

Queridos Lectores:

Nuestra cita mensual. Y cada vez que me siento a escribir estas líneas, de alguna manera siento que me comunico con cada uno de ustedes. Podría decir, que en estos años dirigiendo esta publicación, uno de los mejores momentos, es cuando me siento a escribir esta columna, pues aquí trato de plasmar las experiencias que vivo en el día a día y las cuales me gusta compartir.

Este mes, es importante. Porque muchos están disfrutando de las vacaciones, mientras muchos inmigrantes trabajan fuertemente para llevar el sustento a sus familias. Yo, tuve la oportunidad de tener un descanso en esta jornada de mi vida como periodista y como siempre me llevo la intención de traer historias para compartir.

La historia de este mes, tiene que ver con mi experiencia en Francia, donde tuve la fortuna de recorrer el Camino de Santiago, durante tres semanas. Y por qué de nuevo este peregrinaje, dirán quienes recuerdan que el año pasado lo viví en España. Porque este año quería ver de cerca el punto de partida de este recorrido milenario en uno de los sitios desde donde partió el primer peregrino. Y ese sitio es en Francia. Se sabe por los datos históricos que la primera mención segura de un peregrino extranjero hacia Santiago de Compostela, salió de Le Puy y fue su obispo, quien hizo el peregrinaje en el año 951.
En ese momento la ruta jacobea se convirtió en una vía de comunicación y sobre todo, de intercambio cultural.

Este intercambio cultural se sigue viviendo hoy y es de lo que quiero hablar. Porque al salir en este peregrinaje uno nunca sabe qué es lo que se va a encontrar. Lo interesante es que es un alto en el camino. Un alto que todos los seres humanos necesitamos. Incluso, yo, que siempre estoy buscando historias, dije en esta oportunidad voy a parar. Y lo hice. Hasta hoy, vuelvo a mi cotidianidad y por eso, quiero compartir lo que hizo para mí que esta experiencia fuera inolvidable. Y lo que hizo que fuera inolvidable es que “soy católica”.

Quizás, muchos de los lectores dirán, “bueno, eso ya lo sabemos. Además, El Centinela, es un periódico católico. Eso también lo sabemos”. Y aunque se escuche evidente, quiero detenerme en mi experiencia de este viaje y por qué “ser católica” fue lo más importante.

Primero, porque al visitar un país europeo como Francia, es imposible negar la presencia del legado que la iglesia católica ha dejado por cientos de años. Sí, y el legado está ahí. No hay una ciudad donde una iglesia no se levante para decir aquí está “Jesucristo”. Y si uno se detiene en la vera del camino y mira las cruces de piedra, o las de madera, o las de simple metal, también tiene que detenerse a pensar que es el legado del cristianismo.

Hoy, cuando miles de peregrinos recorren este camino, en busca de la bendición final en Santiago de Compostela, estas personas viven el recorrido en un tipo de búsqueda espiritual. Y es espiritual porque si se hace a pie o en bicibleta, cada persona entra directamente en contacto con la naturaleza.

Y es maravilloso poder reconocer el sonido del viento, de los pajaritos cantando en las ramas de los árboles, de los grillos que se unen con ese sonido inconfundible que se mezcla muchas veces con el ruido del agua de los riachuelos al caer.
Sí, ahí empieza el contacto de cada persona con su espiritualidad. Y si pensamos un momento, cómo es el contacto de los católicos con nuestro espíritu, es indudable que pensamos en el momento que nos ponemos de rodillas cuando ingresamos a un templo.

Es precisamente en el silencio, que podemos empezar a reconocernos. A escuchar nuestra voz interior y sobre todo, a ver de nuevo hacia dónde van nuestros sueños, nuestros temores, esperanzas, en fin todo esto que está guardado y que no mostramos en nuestra cotidianidad.

Por eso, el Camino de Santiago, sigue teniendo la importancia de hace miles de años. Porque es un sitio que nos pone en contacto con la naturaleza y nos lleva a un nivel espiritual. Y es importante buscar ese silencio espiritual en nuestras vidas cotidianas. A mi regreso, pensaba que no es necesario viajar tan lejos para encontrar ese silencio. No. Nosotros mismos lo podemos crear en nuestros hogares. Sobre todo, en esta época en que tenemos tantas cosas materiales que interrumpen que ese silencio llegue a nuestros hogares.

Si pensamos cómo vivimos por ejemplo, sé que en muchas casas el televisor está prendido a la hora de la comida. Y si no es el televisor, es el celular, o el teléfono, o el equipo de sonido, o el radio, o el computador, o el ipod, en fin, todo esto, hace que vivamos en medio del ruido y que no tengamos un momento de silencio para pensar o incluso para escuchar lo que el “otro” nos dice.

Recordando este viaje, una de las cosas maravillosas fue el poder escuchar. Todo, hasta mi propia respiración y estar lista a recibir el aire puro de la mañana, y reconocer la salida del sol y la necesidad de la sombra, en momentos de calor.
Porque cuando entramos en contacto con nuestra espiritualidad, también entramos en contacto con nuestro propio cuerpo y podemos reconocer lo valioso del movimiento y de lo que necesitamos incluso para mover un dedo.

En el recorrido de este verano por el Camino de Santiago en Francia, estoy segura de que todos los peregrinos y quienes aún están allí, están viviendo esta experiencia y se la llevarán a su casa para compartila con otros.

Y “ser católica” de alguna manera me llevó a apreciar mucho más el recorrido. Porque entre los peregrinos muchos eran católicos y quienes no lo eran, de alguna manera vivieron como nosotros el legado de la iglesia que está ahí desde hace cientos de años.

En cada parte del camino, la Cruz se levantaba como un estandarte para mostrar la ruta o dar la bienvenida al nuevo destino. Y en cada parada, es decir cada villa o pueblito, la iglesia era el sitio predominante en el paisaje, e indiscutiblemente el sitio de reunión.

Fue muy interesante para mí, poder visitar catedrales que datan del año 900 o del año 1.000. Una de las que recuerdo indudablemente es la catedral de Conques, que es un pueblito de casas de piedra perdido entre las montañas verdes del macizo central. Conques se ha convertido en un sitio famoso y una parada obligada de los peregrinos que viajan hacia Compostela, porque allí hacia el año 1.100 vivió un ermitaño que decidió alejarse del mundo para dedicarse a orar. Hoy este sitio conserva la gran catedral que recibe a los visitantes con una escultura en piedra que reproduce el Juicio Final y es el monumento para admirar. Católicos o no católicos, tienen que detenerse allí para admirar la obra monumental del momento en que Jesús regresará con la Virgen María para cumplir con las escrituras.

Y me da gusto recordar sitios como éste, porque el legado del catolicismo está ahí, frente a los ojos de quienes llegan a estos sitios y es indudable la fe que llevó a quienes construyeron iglesias como ésta. Ser católico es ser parte de este legado y por eso debemos sentirnos orgullosos.

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