Edición Impresa: 08/22/2006

"Sí, nosotros creemos", incluso en tiempos de adversidad

El año pasado nuestro propio padre Jeremy Driscoll del Convento Benedictino de Monte ángel escribió un libro maravilloso titulado: “Qué sucede durante la Misa”, y desde entonces, yo se lo he venido recomendando a todo el mundo. El Padre Driscoll habla en una forma muy sencilla y directa acerca de lo que significa la Misa y en donde está su verdadera razón de ser en este libro que él mismo comenta. Él obviamente ama la sagrada celebración litúrgica que es tradición de nuestra Iglesia. En su libro, él ayuda a sus lectores a enamorarse nuevamente de la Misa, como celebración de fe.

Recientemente se le ha prestado mucha atención al Credo que recitamos en la Misa del domingo. Nosotros lo llamamos el Credo Niceno, pero sería más realista el llamarlo Credo Niceno-Constantinopolitano. ¿Por qué? Bueno, éste es realmente el resultado de dos Concilios Ecuménicos llevados a cabo por la primera iglesia, uno en Nicaea (en turco moderno) en el año 325 y el otro Concilio, realizado a continuación en Constantinopla en 381.

Las rectificaciones sobre la autenticidad del Credo se han venido levantando debido a una creencia popular. En ambos concilios, los obispos que estuvieron presentes afirmaron la antigua creencia de la divinidad de Cristo Jesús. Ésta había sido negada por un sacerdote muy popular de Alejandría llamado Arias y por sus seguidores.

La herejía ariana estaba por el contrario muy extendida durante aquellos primeros años y los obispos tenían la responsabilidad de clarificar las enseñanzas de la iglesia. El Concilio llevado a cabo en Constantinopla solo afirmaba la divinidad del Espíritu Santo, descrito como “el Señor y el dador de Vida”. El resultado fue que al final del Siglo IV era muy claro que los cristianos creyeran en Dios como una Trinidad de tres personas igualmente divinas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Algunas personas se preguntan ¿por qué recitamos el Credo cada domingo e igualmente en cada solemnidad durante la celebración de la Misa? El Padre Driscoll describe el Credo como la escritura reducida a una sola página”.

Los credos son profesiones de fe, las cuales tienen sus orígenes en la Liturgia del Bautismo. Toda vez que una persona es presentada para ser bautizada esa persona o los padres o abuelos de ese niño, hacen una expresión pública de su fe en la Santísima Trinidad. Desde que la Trinidad se volvió conocida a través de las prédicas y de las enseñanzas de la iglesia, es particularmente apropiado que en las celebraciones principales de la Eucaristía en la iglesia, nosotros nuevamente renovemos nuestro compromiso bautismal.

En la misa de cada domingo nosotros públicamente manifestamos que creemos, no sólo en Dios, sino también en lo que la iglesia nos enseña acerca de Dios y nuestra propia vida en Dios. El recitar el Credo luego de la homilía cada semana, nos da la oportunidad de reconocer en una forma muy pública y en comunidad nuestra fe compartida.

En Navidad se nos recuerda que “Jesús es la razón de la celebración en esa época del año”. A través de los años, se nos recuerda que Jesús es la razón de nuestra fe católica. Así como Jesús sigue siendo el centro de interés para nosotros. Jesús era el centro también durante los primeros días de la iglesia. Las conversaciones acerca de la identidad de Jesús no terminaron con esos dos Concilios que formularon el Credo usado en la misa actualmente.

En el Siglo V hubo otros dos Concilios Ecuménicos, los cuales clarificaron las enseñanzas acerca de Jesús. Un concilio se reunió en Efesios en el año 431 para analizar la opinión del obispo de nombre Nestorius, que rechazó el título de “Theotokos” o “la que dio a luz a Dios” en referencia a María. Incluso, por esa época los cristianos llamaban a María la “Madre de Dios” o “la que dio luz a Dios”, porque esto era claramente la enseñanza de las Sagradas Escrituras. De cierta manera, Nestorius estaba reacio a concederle la humanidad a Jesús, como si esto fuese un signo de incapacidad para ser verdadera y totalmente humano. Así también se vió su reticencia a llamar a María, “la Madre de Dios”.

Los problemas no terminaron aquí. Un predicador de nombre Eutyches insistió en que Jesús sólo tomó la apariencia humana pero era verdaderamente Dios, no verdadera y totalmente humano. Un Concilio realizado en Calcedonia en el año 451, clarificó esta materia enseñando que Jesucristo es ciertamente una persona que existe “en dos naturalezas” – una naturaleza divina y una naturaleza humana. Todo esto, sin lugar a dudas, está más allá de nuestra comprensión. Cada vez que nosotros hablamos de Dios, ciertamente estamos tratando con un “misterio”, una verdad que está más allá de nuestra capacidad humana para entenderla completamente. Como el popular estribillo del himno nos recuerda a nosotros, “nosotros caminamos por fe, no por lo que vemos”.

Si analizamos la historia, en conjunto fueron cuatro los Concilios Ecuménicos llevados a cabo durante esos primeros años de la iglesia luego del tiempo de la persecución que ofrecieron enseñanzas profundas y fundamentales para nuestras creencias cristianas.

El hecho de que todas ellas se enfocaran en la persona de Jesús, en su verdadera humanidad no tiene nada de sorpresivo. La divinidad de Jesús está en el corazón de lo que somos como personas de fe. En el día de nuestro bautismo, nuestras vidas fueron confiadas a la fe de la iglesia, a la cual se le ha dado su más sucinta expresión en el Credo.

Cada vez que nosotros recitamos el Credo, entramos en una mayor unión con Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo y también con toda la iglesia, la cual nos pasa la fe a todos nosotros.

Nosotros vivimos en un mundo donde todo tipo de personas, incluso algunos cristianos, dicen que Jesús no es el hijo inmortal de Dios, sino que fue solamente un buen ser humano.

Nosotros, los que somos católicos debemos entender que ésta es la negación de una verdad central de nuestra fe. Arias y sus seguidores en el Siglo III tenían el mismo problema en los primeros tiempos de la iglesia católica.

El hecho que Dios nos amó tanto que Él escogió identificarse a sí mismo completamente con nuestra naturaleza humana, era muy bueno para ser verdad en esa época. Pero esto no debería sorprendernos si actualmente muchos piensan que esto es demasiado bueno, es parte de su legado.

La próxima vez que cada católico se una en comunidad al orar el Credo en la Misa del domingo, recuerde que lo hacemos como nuestra respuesta de fe con el movimiento sincero de Dios en tiempo y eternidad, pues es una forma de acercarse lo más posible a cada uno de nosotros. No solamente Él nos creó. No sólo Él nos ama. Pero Él es uno de nosotros. Aun con mayor convicción cada domingo nosotros orgullosamente profesamos, “Sí, nosotros creemos”.

María Magdalena: Discípula en Misión

El pasado 22 de julio, se celebró una vez más la fiesta de Santa María Magdalena. Ella ha estado en las noticias últimamente debido a la controversial novela de Dan Brown y su reciente aparición por medio de la película que se produjo con base en su libro y que se ha difundido en todo el país. ¡Pobre María! Ella no puede estar complacida con la forma como se ha planteado y reescrito la historia.
De acuerdo con la novela, el dominio de los hombres en el liderazgo de los primeros años de la iglesia se salió de su camino para difamar y demonizar a María Magdalena y a través de ella, a todas las mujeres.
De acuerdo con estos críticos de la iglesia si la verdad puede ser contada, María Magdalena dio a luz al hijo de Jesucristo. Ella era su amiga especial, posiblemente su esposa. En la pintura famosa de Leonardo Da Vinci titulada la “última Cena”, ella y no el apóstol Juan, es la que está recostando su cabeza en el pecho de Jesús.
Les advierto que muchos de nosotros hemos visto esta pintura muchas veces y es mucho pedir el apoyar esta acusación, que se plantea en este libro.
Pero mientras celebramos esta fiesta cristiana del “Apóstol de los apóstoles” del Señor, como los escritores cristianos del principio describen a Santa María Magdalena, es un buen tiempo para aprender un poquito más acerca de esta gran santa y buscar su intercesión a favor de la misión de evangelización de la iglesia en este Siglo XXI.
María fue llamada “el apóstol de los apóstoles” porque ella les llevó la noticia de la Resurrección de Jesucristo. Ella es la santa patrona de muchas iglesias a lo largo del mundo, incluyendo nuestra parroquia de la Magdalena, aquí en Portland. Como uno de los primeros testigos de la resurrección de Cristo Jesús, ella es recordada por los cristianos del mundo especialmente durante la época de la Cuaresma, probablemente más que en su día de fiesta.
Los primeros líderes cristianos obviamente no tenían intención de suprimir el papel de María Magdalena en la historia de la iglesia. Cada evangelio nos dice como María Magdalena fue la primera testigo de la tumba vacía esa primera mañana de Pascua. Toda la historia de la resurrección de Jesús se basa en los testimonios que ella dió. Su día de fiesta fue establecido posteriormente, en el Siglo XVIII. Después de la Santa Madre, ella fue una de las santas más reverenciadas de la Edad Media. Los cristianos del este le dan a ella honor especial y devoción.
Las verdaderas cristianas feministas tienen toda la razón de estar orgullosas del legado de Santa María Magdalena. Ella ha sido proclamada como una discípula fiel e importante por siglos en nuestra iglesia. Ella es una de las santas más reverenciadas y amadas. El intercambio cariñoso entre ella y Jesús en la historia de la resurrección de acuerdo con Juan, no tiene paralelo en la lectura de las Sagradas Escrituras.
Algunos acusan a la iglesia de manchar su memoria al asociarla con la mujer arrepentida que lavó los pies de Jesús con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. Esta asociación es posiblemente un error de interpretación bíblica, pero ciertamente no es un insulto. Nosotros todos somos llamados a arrepentirnos de nuestros pecados. La mujer que no fue nombrada es honrada por Jesús por su arrepentimiento sincero. Jesús nos dice: “Cuando yo entré en tu casa, tú no me diste agua para mis pies. Pero ella los ha bañado con sus lágrimas y limpiado con sus cabellos. Tú no me diste un beso, pero ella no ha cesado de besar mis pies”.

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