
Queridos Lectores:
Todos los años, cuando se inicia de nuevo la actividad cotidiana, parece que con el año que se ha ido dejamos una parte importante de nuestras vidas.
De nuevo, escribiendo esta columna para ustedes, pensaba cuál sería el tema de esta edición de enero. Un tema que nos llevara a reflexionar y de alguna manera a hacer un plan, para mejorar nuestras vidas en el nuevo año.
Y viendo la edición que estoy trabajando para ustedes, encontré el tema perfecto en una de las informaciones que se incluyen este mes y está relacionada con la visita a Portland, de una mujer que cuenta cuentos en forma bilingüe y sobre todo, viaja a los países latinoamericanos para recoger historias y contarlas en español.
Esta, es en mi opinión una historia muy interesante y que aunque parece común, no lo es, pues toca varios puntos importantes que ella quiere rescatar de la vida familiar en la comunidad inmigrante.
Primero, Olga Loya, se dio cuenta muy pequeña, de que ella también podía hablar español como su abuela. Porque en casa, sus padres no la dejaban hablar español, para que creciera hablando inglés sin acento y no fuera víctima de la discriminación.
Esto ya lo había notado en la comunidad y es que en muchas familias, la segunda y tercera generación, crecen sin hablar español. La segunda generación es bilingüe y la tercera habla sólo inglés. Ahí se ha perdido el idioma de raíz.
Aquí quiero detenerme para reflexionar sobre la importancia de mantener nuestro idioma, sin sentir ningún asomo de vergüenza. Yo puedo decirles que lo más importante para mí es mostrar mi cultura y si la gente que no me entiende en inglés por mi acento, me dice que repita, con gusto repito, pero jamás me avergüenzo por el hecho de ser hispana y hablar español.
Una de las razones es que el idioma y sobre todo el español, es el legado más importante de nuestra cultura y a donde vamos, debemos mostrarlo sin dejar que otros nos hagan sentir mal por esto.
Yo entiendo que quizás en estos momentos en que se debaten tantos aspectos relacionados con el “ser inmigrante” e “hispano” en este país, muchos se sientan rechazados o relegados a un segundo plano. Pero pienso que si todos unidos, nos mantenemos firmes en nuestra convicción y sobre todo, sin dejar a un lado la cultura, pues poco a poco, quienes no lo reconocen, van a ver el inmenso valor que tenemos que ofrecer. El español es la escencia de quiénes somos en realidad y de las expresiones que mantenemos para convivir unos con otros.
Por eso, pensé que si tocaba este punto al iniciar el año, lo podía hacer como una forma de que cada hispano se haga consciente de mantener el idioma en su casa. Así lo hacía ver la misma cuentacuentos, en su visita a Portland.
Y la forma de hacerlo es contando historias en familia. Yo recuerdo que esto era parte de nuestra vida cotidiana, cuando yo era una niña, y mi abuelito Luis Carlos, quien leía todo el tiempo y a quien nunca dejé de ver con un libro debajo del brazo, me enseñó muchas cosas, no sólo de mi familia, sino de historia y literatura, a través de sus historias.
Y eso quizás hizo que yo creciera teniendo claro que en los libros estaba el conocimiento y por qué no, la raíz y la base de quien soy hoy.
Olga Loya lo recuerda y en su caso era la abuela, quien le contaba los cuentos. En la historia que publicamos este mes, ella está invitando a los hispanos para que apaguen el televisor y en vez de sentarse por horas frente a la pantalla, se sienten juntos y cuenten historias.
Estoy segura de que todos los padres de familia tienen miles de historias que contar a sus hijos. De sus pueblos de origen, de sus abuelos, de la forma como se celebraba navidad, de los cuentos que escucharon de pequeños, de las historias compartidas en la puerta de la iglesia al salir de misa cada domingo, de las historias contadas por el sacerdote del pueblo, de la forma como la abuela preparaba el posole, o los tacos, o los tamales y sus secretos, en fin, podría continuar enumerando temas en esta lista.
Y es cierto que si hacemos que los niños se retiren del televisor y les contamos historias, ellos van a ver en nosotros una fuente de conocimiento.
Yo puedo compartir con los lectores de El Centinela, que todo lo que aprendí de historia y el importante papel del libertador Simón Bolívar en Latinoamérica, lo aprendí de las historias contadas por mi abuelito. él era un libro abierto y recuerdo que tenía un conocimiento profundo que no obtuvo en el colegio, pero el cual obtuvo en los libros.
En esa época, el televisor que no era a color y tampoco tenía control remoto, se encontraba en la casa pero no estaba en la sala o en la habitación, como en muchos hogares de la actualidad. Y mis padres nos dejaban ver un programa a la semana y eso, si habíamos hecho las tareas.
Por eso, cuando llegaba del colegio y mi abuelita Carmencita preparaba el almuerzo, lo más importante era hablar con ellos que estaban en casa y siempre estaban dispuestos a compartir.
Hoy que leo la historia de Olga, veo que aunque ella tiene sus raíces en México y yo las tengo en Colombia, no hay mucha diferencia, pues el rol de mis abuelos, fue el rol de su abuela que contaba cuentos e historias en español. Ella inspiró a esta cuentera bilingüe que hoy se gana la vida contando historias. En mi caso, fue mi abuelito Luis Carlos, quien inspiró mi carrera por el interés que siempre han despertado en mí los libros y la historia de generaciones pasadas.
Ojalá este año que llega, en cada familia hispana, se apague el televisor y todos se sienten unidos a contar historias, pues es una forma de conocerse mejor y de convivir.
El televisor atrofia el cerebro, se sabe que los niños que se sientan frente al televisor y no juegan con otros niños, no desarrollan completamente su creatividad y por el contrario reproducen los patrones violentos que se muestran en cada programa.
Yo he visto que para muchos padres de familia, es fácil sentar a sus hijos frente al televisor porque ellos se concentran y no requieren tanta atención cuando están frente a la pantalla. Esto ha ido acabando poco a poco con la comunicación, además de la capacidad verbal que se desarrolla contando historias y escuchando historias.
En televisión, porque he tenido tiempo de ver los canales en español, la mayoría de las veces las telenovelas y las series cotidianas, reproducen valores errados que no pertenecen a nuestra cultura, como la vanidad desmedida en las mujeres, los celos frente a los hombre, las relaciones de los adolescentes, la envidia, la violencia y otros tipos de situaciones que se asumen como cotidianas.
Es por esto, que he querido reflexionar sobre el rol de los padres y la importancia de compartir y hacerlo hablando.
La tradición oral es parte de quiénes somos como hispanos y sería triste que las nuevas generaciones no tengan ni idea de dónde vienen, ni tampoco de su tradición familiar.
Contar las historias nos reafirma, nos hace orgullosos de quiénes somos, de dónde venimos, qué traemos con nosotros y también qué hemos dejado. Es como una memoria que se hace evidente a través de las palabras y que vale la pena recordar y mantener.