Edición Impresa: 03/16/2007

La penitencia en tiempo de Cuaresma

Durante estos 40 días de Cuaresma, cada año nuestra iglesia se une íntimamente al misterio de Cristo Jesús en el desierto. Nosotros gastamos estos preciosos días preparándonos para la Semana Santa. Consagramos este tiempo para orar, hacer obras de caridad y negarnos a nosotros mismos para cumplir obligaciones con mayor cuidado y diligencia.

Pero la penitencia no es solo durante la Cuaresma. La penitencia es un componente esencial de la vida cristiana.

Y para hacer penitencia podemos ver varias formas de ofrecer el sacrificio. Una de estas prácticas es la de pedirle disculpas a la persona que hemos ofendido. A pesar de que esto es difícil, nosotros también hacemos penitencia cuando trabajamos para evitar esas divisiones que existen dentro de nuestras familias o entre nuestros amigos o conocidos.
El ayuno es otra forma de vivir la Cuaresma y se puede hacer acompañado de tareas que consideramos indignas de nosotros, pero pueden ser expresiones valiosas de penitencia.

La razón de hacer penitencia no es para degradar nuestra condición humana sino para enriquecerla y la Cuaresma es el momento perfecto para deternenos a pensar y hacerlo.

La invitación principal que les hago esta temporada de Cuaresma es la de guiarnos para cambiar nuestro corazón. Las prácticas de la penitencia dan una expresión visible a nuestros deseos sinceros de alejarnos del pecado y de ser fieles al Evangelio. Cristo invita a cada discípulo a darse totalmente al Padre, en una reorientación radical de nuestra vida hacia el reino de Dios.

Cuando nosotros no dejamos lo malo en el pasado y decidimos no pecar y confíamos en la gracia asombrosa de Dios, entonces experimentamos con seguridad el gozo que Dios intenta para todos sus hijos.

La celebración del sacramento de la Penitencia es probablemente la práctica central de penitencia en la vida de un cristiano.
Cuando nosotros confesamos nuestros pecados, expresamos nuestro pesar por haberlos cometido y hacemos una resolución sincera de cambiar nuestro camino, entonces la gracia sacramental, la energía que viene de Dios para ser reconciliada con él y con otros se hace presente.

Hagámosle frente. Nosotros necesitamos ayuda cuando se trata de nuestro lado oscuro. Se trata mucho más de un acto de la voluntad al dejar algunos de los malos hábitos y decidir sanar nuestras relaciones dejando atrás las diferencias con nuestros seres queridos.

La Cuaresma es especialmente un tiempo apropiado para aprovechar la gracia sacramental de la reconciliación.
Yo creo que cada católico tratando de vivir la vida de gracia debería aprovechar este sacramento estacional, ciertamente durante la Semana Santa y la Cuaresma cada año. En adición, viviendo la oración, el ayuno y dando limosna, lo que resalta nuestra observación de la Cuaresma, hay otras formas de penitencia que son comunes entre los católicos.

Muchos practicamos la abstinencia cada viernes, absteniéndonos de comer carne, como una forma de identificarnos nosotros mismos con Cristo crucificado, y en los años recientes, haciendo esto por la paz del mundo.

Las prácticas de caridad que son motivadas por amor a Dios y por nuestros vecinos tales como servicios de ayuda a los pobres, al enfermo, a los no privilegiados, a los ancianos, a los solitarios, los encarcelados, los desanimados, los postrados en cama y los sobrecargados son igualmente admirables y dignas de su consideración.

La celebración de la Eucaristía también nos da la oportunidad de practicar la Penitencia. Yo los animo a todos ustedes a considerar la importancia de practicar los actos de penitencia en forma regular. Con el acto penitencial ciertamente serán más humildes y sencillos en sus corazones. De esta forma estaremos mucho más entusiasmados para ofrecer y aceptar el perdón. Si vemos lo que esto significa estaremos cerca de la conversión.

Si recordamos la tradición, veremos que la primera conversión ocurrió el día en fuimos bautizados. Las demás ocurren a través de la penitencia a lo largo de nuetra vida.

Al escribir acerca de estas dos conversiones San Ambrosio hace mucho tiempo dijo: “Hay agua y lágrimas: el agua del Bautismo y las lágrimas del arrepentimiento”.

Cuaresma con Jesús

La Cuaresma es un tiempo precioso, pues es la temporada en que nos preparamos para la Semana Santa junto con todos aquellos que buscan ser bienvenidos dentro de la iglesia en la noche del Sábado Santo.

El primer día de la Cuaresma, el Miércoles de Ceniza, nuestras frentes fueron marcadas con ceniza bendita. A nosotros se nos recuerda que como Jesús, quien murió el Viernes Santo, nosotros también estamos destinados a morir. No hay escape ante esa realidad. Nosotros igualmente recordamos que si queremos levantarnos a una nueva vida antes de la muerte, como lo hizo Jesús, entonces tenemos que arrepentirnos. Debemos alejarnos de nuestros pecados y caminar el sendero que Jesús caminó.

“La Cuaresma es un tiempo favorable para estar con María y Juan, –el discípulo amado–, junto con Jesús en la cruz. Allí Jesús, el crucificado, nos reveló el amor a Dios. Es en la cruz donde se revela la plenitud del amor de Dios”, según dijo el Papa.

El año pasado el Papa publicó su primera encíclica, Deus Caritas Est (Dios es Amor). En esta carta él reflexiona sobre el tema del amor, resaltando sus dos formas fundamentales: ágape y eros.

Como ustedes pueden recordar, ágape indica el amor que da una persona que está primordialmente preocupada por el bien del otro. Eros, sin embargo, denota el amor de alguien que desea poseer lo que él o ella no tienen y ansía la unión con el amado.

El amor de Dios tiene de ambos. Ciertamente en la cruz nosotros vemos el amor que da la persona en nuestro Divino Salvador. Pero la verdad es que nosotros algunas veces olvidamos o ignoramos que Dios nos amó primero. Él real y verdaderamente busca nuestro amor, un amor que fue robado cuando el pecado entró en el mundo. A través del misterio de la cruz Dios trae nuevamente el amor de sus criaturas, pero él pagó un precio muy alto que fue la sangre de su único hijo amado.

Cuando nosotros miramos la cruz de Cristo Jesús, se nos recuerda la revelación increíble del amor de Dios. Muchos humanos considerarían esto como una locura, el llegar a estos extremos para ganar el amor de un amigo. Todavía Dios suplica por el amor a nosotros sus criaturas a través del sacrificio salvador de su hijo Jesús.

El Padre Santo mira hacia la cruz como “la expresión del amor eros de Dios hacia el hombre y la suprema expresión del ágape”. La época de la Cuaresma es nuestro recordatorio anual en el cual nosotros no sólo debemos aceptar el amor de Dios, sino que debemos responder a tal amor y compartirlo con otros.

Las oraciones y penitencias que nosotros aceptamos como parte de las observaciones de la Cuaresma tienen la intención de animarnos en recibir ese amor de Dios e inducirnos a “dar de nuevo” ese amor a los vecinos, particularmente aquellos que están necesitados.

Todos estamos propensos a seguir a Jesús en formas que nosotros encontramos cómodas. Confrontar nuestros pecados habituales, perdonar a aquellos que nos ofendieron, alcanzar aquellos que rápidamente aceptan nuestra ayuda pero nunca dicen gracias, son todas experiencias incómodas.

Espiritualmente preferimos pararnos en nuestros propios pies, haciendo las cosas que nos satisfacen. Pero el evangelio nos recuerda una y otra vez que Jesús hizo a mucha gente sentirse incómoda. Cuando nosotros miramos a Jesús en la cruz, el instrumento de nuestra salvación, nosotros empezamos a recordar qué tan pequeños son nuestros gestos de amor, que tan débil es nuestro eros hacia Dios, y qué tan lamentable es nuestro ágape por nuestros vecinos.

Reflexión

Por más de cuarenta años, desde el final del Concilio Vaticano II, la iglesia ha enfatizado nuevamente en el carácter bautismal de la Cuaresma.

Esto ha ocurrido primordialmente a través del catecumenado y todos los rituales de la Cuaresma que acompañan a aquellos que están en la preparación para el bautismo de la Semana Santa.

El tercer domingo de Cuaresma, muchas de nuestras parroquias asistieron a aquellos preparándose para el Bautismo de la Semana Santa a través de la celebración de los ritos que nosotros llamamos “Escrutinios”.

Estas son oraciones comunitarias celebradas para fortalecer a aquellos que han sido elegidos para el Bautismo de la Semana Santa, en sus esfuerzos de superar el poder del pecado es sus vidas y el crecimiento de sus virtudes.

Aun cuando el foco litúrgico es el de elegir, ellos no son los únicos pecadores que están presentes en la iglesia esta Cuaresma. Todos sabemos la importancia de escudriñar nuestras propias vidas y pedirle a Dios ayuda para superar cualquier hábito pecaminoso que todavía experimentamos.

Nosotros sabemos que la muerte le pone fin a la vida humana. Pero la iglesia siempre nos ha recordado que algunas realidades significativas nos esperan al final de nuestra jornada terrena. Nosotros las llamamos “las cosas finales”. Ellas se merecen algún tiempo de reflexión y oración durante esta Cuaresma a medida que nosotros confrontamos la realidad del pecado en nuestras vidas y colocamos nuestra confianza en la misericordia y la justicia del Señor. Nosotros les llamamos a estas “cosas finales” el juicio final, el cielo, el purgatorio y el infierno.

Primavera

Este tercer milenio de la cristiandad ya tiene algunos años y nosotros continuamos enfrentando nuestro gran reto de evangelizar el mundo para Cristo.

El Papa Juan Pablo II con frecuencia y con entusiasmo retó a los católicos del mundo al confrontar el proceso de expansión del secularismo frente a la buena nueva del evangelio. El Papa Benedicto XVI se ha referido al “el extraño olvido de Dios” que afecta a muchos de nuestros contemporáneos.

Quiero recordarles que estamos celebrando los 40 años de la Renovación y se están llevando a cabo a nivel mundial. Yo sé por experiencia propia que la bendición ha sido la Renovación para muchos católicos hispanos al llamarlos de vuelta a vivir una vida de fe.

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