
En la reunión del mes pasado del Consejo Pastoral Arquidiocesano, uno de sus miembros preguntó acerca de la posición de nuestra iglesia católica con respecto a las normas de inmigración de los Estados Unidos.
El asunto ha estado en primer plano durante varios años, tanto en el debate nacional como en las iniciativas católicas de abogacía por la justicia. Yo he tratado este tema en varias ocasiones y la posición de la iglesia ha sido descrita en diversas oportunidades en los medios de comunicación. Pero como ocurre con todas las cosas, la repetición es todavía una valiosa estrategia para el aprendizaje.
Con excepción de los nativos norteamericanos, nosotros somos una nación de inmigrantes. Pero en estos días, esta simple frase se convierte en el catalizador que genera un debate acalorado. Muchos preferirían decir:“¡Nosotros éramos una nación de inmigrantes. Pero ya no!”
En estos momentos nuestro país parece estar profundamente dividido en torno a este asunto, y la abogacía de la iglesia a favor de la justicia para los inmigrantes también divide a nuestra iglesia católica. Aquí está seguramente otro incidente, en el cual el profeta predica sin ser escuchado por su propia gente.
El asunto neurálgico en este gran debate es el estatus de ilegalidad de muchos de los inmigrantes que viven aquí.Nuestros vecinos indocumentados son vistos con desdén por muchos de nuestros compatriotas, porque su entrada al país no ocurrió de acuerdo con los procedimientos legales. Ésto es, lo que típicamente ocurre cuando las leyes están en los libros, pero se hacen cumplir en forma mínima. Por muchos años nosotros hemos dependido de personas pobres y desesperadas que vienen en busca de empleo a esta nación para sobrevivir. Y lo hacen a pesar de que ésto significa un gran riesgo y una bienvenida cuestionable en una tierra extraña.
Los inmigrantes ilegales han sido parte de nuestra realidad por mucho tiempo. Muchos de ellos han llegado a ser protagonistas importantes en el desarrollo de esta gran nación.
Recientemente escuché la historia de Adolph Coors quien empezó Adolph Coors Company en Golden, Colorado en 1873. Coors nació en Prusia. Él fue aprendiz en una cervecería de su tierra natal durante tres años. Pero luego de la muerte de su padre emigró a los Estados Unidos, eventualmente llegando a Denver. Como dato interesante Coors llegó a este país como polizón en un barco con destino a los Estados Unidos. Su entrada a este país fue claramente ilegal, pero él era un hombre joven y muy trabajador, como muchos otros inmigrantes que se han abierto camino y poco a poco han escalado, convirtiéndose eventualmente en uno de los más exitosos empresarios de nuestra nación.
El mes pasado una propuesta sobre la reforma migratoria fue anunciada en el Senado de los Estados Unidos. Éste no es un proyecto de reforma a las leyes migratorias que se veía perfecto, pero se planteaba como un paso hacia adelante.
Los obispos de los Estados Unidos han expresado su convicción frente a la necesidad de que el Congreso apruebe una legislación que garantice un programa de legalización el cual sea factible e incluya un sendero justo para la ciudadanía.
Igualmente, un sistema que permita un programa de trabajo nuevo, el cual otorgue a quienes lo necesiten una oportunidad significativa de obtener la residencia permanente, además de preservar la unidad de la familia como una parte integral del sistema migratorio de los Estados Unidos.
Como católicos, nosotros debemos insistir en que las leyes protejan los derechos humanos básicos y la dignidad de las personas, y que también la ley sirva nuestros intereses nacionales.
Un sistema migratorio basado en la familia es muy importante, porque los inmigrantes no sólo vienen aquí a trabajar, sino que necesitan estar unidos a los miembros de su familia. Nuestra iglesia siempre ha considerado la reunificación de la familia como el principio básico de cualquier sistema migratorio.
En la actualidad vemos a las esposas e hijos de los residentes permanentes legales en los Estados Unidos, sometidos a una larga espera de períodos de tiempo en los cuales no pueden unirse a sus seres queridos en forma legal.
No hay duda de que los inmigrantes deben contribuir a la nación económica, social y culturalmente. Aun más, nuestro sistema de leyes migratorias está roto y necesita una revisión que lo haga viable y justo. Pero si seguimos sin dar la protección necesaria a los trabajadores, sin tener en cuenta la dignidad humana y sus necesidades personales, el sistema inevitablemente fallará. Es igualmente importante tener algunos incentivos para los trabajadores indocumentados, quienes han vivido aquí por muchos años y necesitan unirse a un programa que nuestros líderes gubernamentales hagan viable.
Nuestra misión como católicos miembros de la misma iglesia es ver la forma de preservar la dignidad esencial de cada persona humana y nuestra solidaridad básica con cada miembro de esta familia, sin importar las diferencias en cuanto a nacionalidad, raza, etnicidad, economía o ideología. Nuestra fe trasciende las fronteras y nos lleva a superar todas las formas de discriminación y opresión, de forma que podamos construir relaciones justas y amorosas.
Ciertamente la Iglesia Católica no condona la entrada ilegal o las formas de esquivar la ley. Nosotros estamos rogando porque se lleven a cabo reformas a nuestras leyes migratorias que respondan a la realidad de las familias separadas y a las demandas laborales que compelen a las personas a inmigrar a nuestro país, sea en forma autorizada o inautorizada.
Nuestra economía demanda mano de obra extranjera, pero no hay visas suficientes para satisfacer esta demanda.
Una iniciativa práctica es buscar una propuesta de legalización que otorgue oportunidades para lo inmigrantes indocumentados que están viviendo aquí y contribuyendo a la nación. No es de ninguna manera inaceptable esperar que ellos paguen una multa justa y los gastos de la aplicación, pasen a través de una rigurosa investigación de los antecedentes criminales y de seguridad, demostrar que ellos han venido pagando impuestos y que están aprendiendo inglés, y obtengan una visa que pudiera llevarlos a la residencia permanente a largo plazo.
Los orígenes del compromiso de nuestra iglesia con los inmigrantes pueden ser rastreados a los puertos de desembarque de Ellis Island alrededor de 1920. El enfoque original del trabajo de nuestra iglesia era el cuidado pastoral de los inmigrantes católicos, pero eventualmente se amplió para incluir ayuda directa, variando desde darles la bienvenida hasta ayudarles a convertirse en ciudadanos.
Todo este trabajo está basado en nuestra tradición de compasión y justicia por el pobre, y en la creencia que la fortaleza de esta nación se encuentra en su patrimonio cultural y étnico.
Hoy oramos que este trabajo prospere y que juntos podamos continuar trabajando a nombre de la justicia para todos, incluyendo a los inmigrantes.
“¡Aquellos fueron días de gozo!”
Muchos de ustedes saben, yo estoy seguro, que antes de llegar a ser el Arzobispo de Portland en diciembre de 1997, yo había pasado la mayor parte de mi vida en las iglesias de Chicago y Winona. Durante 25 años fui sacerdote y auxiliar del obispo a orillas del Lago Michigan. Es decir que trabajé durante diez años y medio en las riveras del Rio Mississippi, antes de ser llamado al gran noroeste.
Este año tuve la oportunidad de visitar las dos comunidades de fe en las cuales serví durante ese ministerio. Estos fueron viajes que me llenaron de grandes sentimientos sin lugar a dudas. Me ayudaron a contar mis bendiciones, ambas, tanto las de entonces como las de ahora.
Si usted alguna vez ha leído “El Principito”, se acordará de que el pequeño niño nunca olvidó la rosa que sembró y cultivó en un mundo distante. Éste era el objeto de su afecto y su cuidado, y él siempre la recordaba. Cuando yo recuerdo las iglesias de Chicago y Winona, mis sentimientos son muy parecidos. Yo dejé una parte de mi corazón en cada lugar y fue un placer ser capaz de regresar a visitar ambas comunidades este año.
El seminario en el que enseñé durante 16 años en la Arquidiócesis de Chicago se cierra este mes. A principios de marzo hubo un día de despedida para los alumnos y la antigua facultad, con apertura de la casa para todos los que quisieran venir a disfrutar los alrededores por última vez, antes de cerrar la escuela. Yo fui invitado a celebrar la misa en la mañana del domingo con los antiguos miembros de la facultad y los alumnos.
Rápidamente arreglé mi agenda para poder asegurarme que estaría allí. No sólo yo había estado en la facultad, pero también fui un alumno.
Esos fueron unos años preciosos dentro de mi experiencia como sacerdote. Yo estaba deseoso de ver a las personas en la reunión.
Hubo dos misas ese día. Fui invitado a celebrar la misa de la mañana y ocurrió que la misa de la noche, la cual el Cardenal George iba a presidir, fue a la que más personas fueron invitadas. Yo estuve un poco desilusionado porque no tuve la oportunidad de conversar con antiguos colegas de la facultad y compañeros de clase. ¡Yo pienso que ellos olvidaron que me habían invitado! ¡Usted sabe cómo se siente cuando usted llega a una fiesta y la gente está sorprendida de verlo!
Personalmente fue gratificante volver a mis raíces y recordar las bendiciones de seminarista y cuando fui sacerdote en ese suelo sagrado. El cierre del seminario va a ser una pérdida para la iglesia de Chicago, pero Dios proveerá nuevos caminos para su gente y buenos sacerdotes.
De hecho, aun cuando mi regreso al seminario fue inquisitivo, yo creo verdaderamente que la divina providencia dispuso este viaje. Uno de mis queridísimos amigos estaba muriendo esa semana y como yo estaba en Chicago, lo visité. Yo estaba impresionado con su condición tan débil y realmente aprecié la oportunidad de estar con él, su esposa, sus hijos y sus seres queridos para orar que Dios lo bendijera en esas horas finales de esta jornada terrenal.
Yo les dije a todas las personas que me encontré que estaba encantado de que la catedral de Portland estuviera renovada a mi llegada.