En breves semanas recordaremos nuevamente un aniversario de la Independenca de nuestra nación, "el 4 de Julio", hecho que nos invita no sólo a recordar, sino que nos sugiere reflexionar sobre el pasado que vamos olvidando para buscar un presente mejor.
Cuando recordamos que las Colonias de Norteamérica "rebeldes" a la Corona Británica se reunieron en Filadelfia para fundar una nueva nación, lo hicieron de una manera original; de una forma diferente. Aquellos hombres reunidos en Convención no tenían compromisos con nobles o monarquías o clase social y aunque desafortunadamente aceptaban un mal de su tiempo, la esclavitud, ya era motivo de discrepancias entre los nacientes estados.
La acción que iban a tomar reflejaba una profunda mezcla de principios religiosos, con una crítica a las instituciones de su tiempo y una confianza en el trabajo duro y firme, y el tener presente unos principios éticos, portadores de valores morales.
El llamado período Revolucionario plasmó novedosas ideas en la Constitución. Ideas que tenían profundos conceptos religiosos de valor humano y moralidad. La Declaración de Independencia descansa en la existencia de los derechos naturales y de una ley natural, vigente para todo el pueblo.
Así fue por centenares de años, y los líderes de nuestra nación basaron sus actividades en los fundamentos que crearon aquellas ideas, derechos y deberes con valores espirituales en el marco de una nueva nación, regida por una Constitución y la nueva nación rápidamente se desarrolló.
Desde el principio, la joven nación fue tierra de promisión para los hombres y mujeres de todo el globo que buscaban un lugar para vivir y trabajar en libertad, con respeto, derechos, conducta moral, oportunidades y creencias en Dios. De esta manera la nación crecía con el impulso y aporte de una corriente de inmigrantes de todos los rincones del planeta.
Con el transcurso del tiempo, las cosas han variado y en décadas recientes se ha comenzado a reformular en términos distintos las leyes y derechos. La sociedad se viene impregnando de un “secularismo” disolvente. Se ha comenzado a considerar el placer, la vida fácil como único fin de la existencia, se ha implantado un individualismo radical opuesto a la vida, que es en realidad una violación de la integridad de la persona humana.
En estos tiempos, observamos cómo la sociedad está sufriendo la presión de los que quieren imponer determinada agenda, ya sea de educación, aborto, relaciones laborales, etc. Lo que ocurre en realidad es una subversión del orden constitucional, pues se han desarrollado "activistas" en todos los campos para imponer su criterio y sus métodos a través de lo que una llamada "política correcta", correcta tan sólo frente a determinados y específicos propósitos.
Se afirma que todos los hombres y mujeres son y deben ser libres para hacer lo que les plazca y se agrega, siempre que no haga daño a otros. Y cual es la realidad, que las relaciones personales, la conducta social y los negocios reflejan ese escrúpulo de no hacer daño a los demás.
Los valores morales, espirituales y éticos están en una crisis que se manifiesta, entre otras cosas, en la destrucción de la familia, la difusión de la pornografia, la inmoralidad y el desorden sexual, lo que implica millones de niñas/madres solteras, la ausencia de responsabilidad de los hombres y a esto agregamos una epidemia incurable que está matando a miles de seres humanos. Si proyectando una violencia extendidad a todos los niveles de la sociedad, se tolera una “cultura de muerte” con el desprecio y la falta de respeto a la vida humana, desde el no nacido hasta los ancianos.
Recordemos el "4 de Julio" con los tradicionales "día de campo" o "pasadía", pero al mismo tiempo reencontremos, cómo se hizo realidad esta nación y estemos dispuestos a reinstalar los valores espirituales, éticos y morales que animaron a los fundadores de la nación. Pongamos en actualidad el respeto al derecho ajeno, la dignidad humana y su destino trascendente con medios legales. Es urgente lograr estos cambios en el orden personal y en relación con la sociedad, para renovar espiritualmente y moralmente nuestra nación y de esta manera legar a nuestros hijos y nietos una nación grande bajo la protección de Dios y no sólo en el papel de la moneda.